Depresión manufacturada a la carta

Bienvenidos una vez más, queridos amantes del misterio, el terror y lo oculto a mi pequeño rinconcito de Internet. Después de adentrarnos en el terrible mundo de los experimentos psicológicos en animales con La Utopía de Ratones, hoy os traigo otro experimento producto de las fascinaciones de un nuevo visionario: Harry Frederick Harlow, pionero de la psicología y torturador de primates profesional, no necesariamente en ese orden de importancia.

Sus experimentos fueron imprescindibles para entender los lazos afectivos madre-hijo en recién nacidos, así como varios factores clave de la depresión. Para conseguirlo solo tuvo que sacrificar la cordura de unas cuantas decenas de macacos, pero teniendo en cuenta que los animales no le gustaban demasiado, debió parecerle un precio a pagar cuanto menos escaso.

Aunque la psicología no había sido su campo de interés al principio, su talento innato para la materia le llevó primero a doctorarse por la Universidad de Stanford y, posteriormente, a ser profesor en la Universidad de Wisconsin. Para cuando empezó a dar clases, su falta de implicación había desaparecido, reemplazada por un interés más que notable en realizar cierto tipo de estudios con primates. El tema a investigar era la unión entre madres e hijos.

Hoy en día puede que eso de que los hijos quieran a sus madres nos parezca algo de lo más natural, pero en los locos años 30, no solo se pensaba que era un hábito adquirido, sino que además era pernicioso. Los niños aprendían a querer a sus madres porque estas les daban de comer y cualquier clase de cariño que estas pudiesen darles era una forma de volver a las criaturas débiles y consentidas. Si hubiesen visto a alguno de los padres helicóptero que pululan nuestras ciudades hoy en día, habrían alucinado, sin duda.

El doctor Harlow quería comprobar si esta teoría era correcta pero, como la Universidad de Wisconsin no estaba muy por la labor de prestarle un laboratorio para ello, se compró un solar e instaló una colonia de macacos Rhesus. El experimento en sí era la mar de sencillo. Los pequeños bebés mono eran puestos en una jaula con dos madres sustitutas artificiales con la intención de ver a cuál de ellas recurrían. Una de ellas era blandita, acogedora y suave, con una paciencia infinita (como cualquier otro objeto inanimado, por otra parte). La otra era de metal, fría, distante y no muy agradable a la vista, pero ofrecía comida. Los monitos bebé recurrían una y otra vez a la blandita y suave. ¿Increíble, verdad? Yo nunca lo habría adivinado.

A la izquierda, madre de metal con comida. A la derecha, madre de tela sin comida.

Pero no bastaba con ver si le cogían más cariño al monstruoso ser metálico recién salido de un mundo de pesadilla monil o al agradable peluche sonriente. Harlow decidió que para que el experimento fuese realmente concluyente, tenía que enfrentarlos a un “monstruo metálico” diseñado por él mismo para asustar a las crías de macaco y ver su reacción. ¿Adivináis a qué madre recurrían los monos? Pues sí, a la suavecita y adorable.

Pero no era suficiente; todavía quedaban muchos interrogantes sin despejar. Por ejemplo, ¿cómo reaccionarían las crías ante un progenitor abusivo? Era hora de introducir una tercera madre blandita, achuchable y proveedora de alimento, pero con una pequeña tara: de vez en cuando propinaba castigos crueles y dolorosos, como agua helada o clavarles punzones de metal afilados a las crías. Harlow hasta le puso un nombre la mar de coqueto a esta tercera madre: la dama de hierro. Ya se sabe que si no hay dolor de por medio, ni es un experimento pionero, ni es nada.

Cuando estos macacos eran devueltos a la colonia de primates de Harlow, mostraban todo tipo de secuelas psicológicas: ansiedad, tendencia a la soledad e incapacidad para relacionarse con sus congéneres. Resulta que tener una infancia traumática no ayuda a desarrollar habilidades sociales. ¿Quién lo hubiera dicho?

Uno de los macacos Rhesus de los experimentos de Harlow

Pero estos no fueron los peores experimentos que el doctor Harlow fue capaz de idear. A raíz de la muerte de su mujer, Harry Harlow cayó en depresión y, en consecuencia, decidió que su nuevo objeto de estudio sería esta enfermedad. El problema es que para estudiar la depresión primero tienes que tener sujetos de estudio que estén deprimidos.

Harlow ideó una especie de jaula llamada el pozo de la desesperación, diseñada específicamente para producir los efectos de esta enfermedad. Estas jaulas eran unos conos invertidos, lo suficientemente altos y resbaladizos como para que los macacos Rhesus fuesen incapaces de salir o trepar. Los primates eran colocados en su interior en absoluta soledad, con agua y comida suficientes. Al principio intentaban escapar, pero después de varios días de fútiles esfuerzos se daban por vencidos y se acurrucaban en una esquina, dispuestos a aceptar su destino. Los monos pasaban de tres a doce meses en estas máquinas de depresión y ninguno de ellos era capaz de resistir sus devastadores efectos.

Diagrama de los “pozos de la desesperación” diseñados por Harlow

Sobra decir que el doctor Harry Harlow no solo no era un amante de los animales. No solo eso, sino que los despreciaba. No le gustaban los perros y no entendía por qué a alguien le podrían gustar los monos. Para él, eran poco más que herramientas en sus experimentos. A pesar de todo esto, sus experimentos fueron cruciales para entender ambas materias, tanto la depresión como las uniones madre e hijo.

¿Y vosotros qué opináis? ¿Creéis que la brutalidad de los experimentos es perdonable, en base a la importancia de los resultados? ¿Os fiaríais de alguien a quien no le gustan los perros?

Aquí Sheila, reportando para todos vosotros las historias más increíbles, los fenómenos más extraños y las cosas que nadie quiere que sepáis.

Cambio y corto.