Bienvenidos una vez más, queridos amantes del misterio, el terror y lo oculto a mi pequeño rinconcito de Internet. Esta semana habéis votado por investigar sobre los distintos ritos funerarios a lo largo del planeta y la historia. No todos los pueblos tienen la misma forma de despedir a sus muertos y mucho menos de enterrarlos, así que acompañadme en este pequeño paseo por funerales que desafiarán vuestra concepción de “criar malvas”.

Cadáveres ahumados en las montañas de Papúa Nueva Guinea

Para las tribus de las montañas de Papúa Nueva Guinea, eso de enterrar a los muertos es algo que no se destila. De hecho, uno diría que sus prácticas funerarias son casi lo contrario a los ritos cristianos que tan bien conocemos. Los 45.000 miembros de la tribu Anga, consideran que el mayor honor que pueden garantizarle a sus muertos es ahumarlos y colgarlos en cestas de madera en los riscos, así pueden cuidarles y protegerles desde las alturas. Los guerreros Anga incluso son posicionados en sitios especiales de la aldea, para que actúen como vigilantes perpetuos y bastante malrolleros.

Evidentemente, no basta con poner los cadáveres al fuego y esperar a que se ahúmen. Ni ellos son jamones ni esto es la plancha eléctrica Jata de vuestra casa. El proceso para la momificación y ahumado de los cuerpos es llevado a cabo por expertos que tratan cada parte con sumo cuidado. Ningún fluido o parte del difunto puede tocar el suelo, pues eso invita a la mala suerte. Primero se rajan los codos, rodillas y pies para que se les escurra la grasa de dentro. Después se les clavan varas de bambú vaciadas en las entrañas y se deja que goteen los fluidos que puedan quedar dentro. El resto de habitantes se esparcen los restos de líquido recolectados por el pelo y la piel, esperando adquirir así la fuerza y conocimientos del fallecido. Me imagino que, si el fallecido ha pasado a mejor vida por una enfermedad, también es muy posible que adquieran algún virus. Ah, y lo que sobra se guarda para usar como aceite de cocina. Esta gente no deja que nada se eche a perder.

Las palmas de pies y manos y la lengua se guardan para el viudo o la viuda. Algo así como quien conserva las cenizas del abuelo en la repisa de la sala. Para preservar el cuerpo, es muy importante sacar los ojos y coserlos bien, así como la boca y el ano. Esto evita que entre aire y el cuerpo se corrompa con el tiempo. Por fin, hechos todos estos preparativos, se arroja al muerto sobre una hoguera y se le ahúma. El resultado no podría ser mejor, la verdad.

El entierro celestial tibetano

Esta vez nos trasladamos hasta Asia, más concretamente hasta el Tíbet. El entierro celestial consiste en dejar los cuerpos a la intemperie con la intención de que sean devorados por animales carroñeros, principalmente aves como los buitres y los cóndor. La filosofía de estos “entierros” está relacionada con el concepto de vida y muerte en el budismo tibetano. El difunto, dando su cuerpo (una carcasa sin vida ni valor) a los animales, está mostrando generosidad alimentando a otros seres vivos con sus restos.

No obstante, no basta con tirar al abuelo a un prado y esperar a que se lo coman. La preparación del propio cuerpo es casi tan importante como la consumición del mismo. Después de morir, el fallecido es envuelto en tela blanca y colocado en un rincón de la casa durante tres o cinco días mientras los monjes budistas recitan escrituras para sacarlo del purgatorio. El resto de la familia deja de lado sus  vidas cotidianas para crear un ambiente de paz y no perturbar el viaje del alma. Posteriormente, elegirán un día propicio para trasladar el cuerpo. Esto no puede ser realizado por ellos, pues tanto familiares como extraños tienen prohibido acudir al entierro. El día anterior, se le quitan las telas al muerto y se le coloca en posición fetal, sentado y con la cabeza contra las rodillas.

Cuando por fin se lleva a cabo el rito, se enciende un humo para atraer a los cóndores. Los cóndores son considerados animales sagrados y por ello los principales objetivos, por así decirlo, del entierro celestial. Si vienen y se comen el cuerpo quiere decir que este no cargaba con pecados y puede ir al Paraíso. Los restos dejados atrás por estas aves han de ser quemados mientras se recitan sutras (extractos de discursos de Buda, mayormente enseñanzas y lecciones) para evitar que el espíritu se quede apegado a la tierra.

Como dato, una variante de este rito era practicada por la religión zoroastra, oriunda de Irán y todavía practicada en India. Los jugadores del del Crusader Kings probablemente reconocéis el Zoroastrismo como la religión en la que te puedes casar con tus padres y hermanos (pero eso antes y solo si eras importante, no os hagáis ilusiones).

Sokushinbutsu o automomificación budista

Continuamos hablando del budismo, aunque esta vez de una forma un poco más siniestra. El Sokushinbutsu, término cogido del japonés que significa “un Buda en este cuerpo”, se refiere al proceso de automomificación al que se someten algunos monjes budistas. Os preguntaréis probablemente cómo se momifica uno a sí mismo, ya que para ser momificado uno ha de estar muerto y para momificar hay que estar vivo y… Lo que quiero decir es que, a priori, parece un poco difícil convertirse en una momia estando todavía vivo. Y difícil es. Y desgradable, también.

Los monjes que practicaban la automomificación creían que este acto de gran sacrificio, emulando al monje Kükai, les permitiría acceder al Paraíso Tusita. Allí vivirían durante 1,6 millones de años (ni uno más, ni uno menos) y podrían proteger a la humanidad. El proceso duraba unos tres años y la momificación iba de dentro hacia fuera. Para ello, seguían una dieta estricta conocida como mokujikigyō, cuyo significado es “comer árboles”, que limitaba su comida a cosas tan apetitosas como raíces, agujas de pino o corteza de árbol. ¿Agua? Poca y salinizada. La idea era deshacerse de todo músculo y grasa corporal que pudiesen, ya que la grasas es un no-no a la hora de hacer momias. Por otra parte, también evitaba que las bacterias tuviesen con qué alimentarse cuando el monje muriese, evitando así el proceso de descomposición. Para asegurarse de que no eran comidos por insectos, ingerían un té de resina. Todo esto también estaba destinado a poner a prueba la moral del monje y endurecerlo de cara a lo que venía.

Conforme notaba la muerte acercarse, el dedicado monje se metía en una pequeña caja de pino a meditar y, eventualmente, morir. Hasta entonces podía respirar mediante una vara de bambú vaciada. Los otros monjes cubrían la caja con carbón y se iban dejando a la futura momia con una campanita. El moribundo tenía que tocarla cada día mientras meditaba, para hacerle saber a sus compañeros que seguía vivo. Cuando la campana dejaba de sonar, los monjes sellaban la tumba durante mil días. Si todo había salido bien (por llamarlo de alguna forma), al abrirlo encontrarían una momia sin signos de corrupción. Esto quería decir que había alcanzado el Sokushinbutsu y ascendido al Paraíso, así que lo engalanaban y lo exponían para rezarle. Si el cuerpo mostraba signos de putrefacción… mala suerte, todo ha sido para nada y has vivido tres años a base de corteza para acabar en un triste hoyo.

Y sí, eso que lleva son gafas de sol

Ataúdes colgantes de Sagada

Al igual que a los Anga de Papúa Nueva Guinea, a los filipinos de Sagada les gusta que sus muertos estén al aire libre y a buena altura. La costumbre se basa en la creencia de que, cuanto más alto estén, más fácil lo tendrán en el Más Allá para alcanzar a sus ancestros, lo cual tiene bastante sentido. Los ancianos han de prepararse su propio ataúd y si no pueden por motivos físicos, son ayudados por sus familias. Esto tiene el pro de que puedes fabricarte el ataúd a tu gusto y el contra de que estás pensando constantemente en el hecho de que tienes, literalmente, un pie en la tumba.

Mientras se traslada el féretro, los asistentes intentan tocarlo y llevarlo para ser salpicados con la sangre del muerto. Esto es un augurio de éxito y hace que las habilidades del muerto pasen al vivo. Los ataúdes, de aproximadamente un metro de largo (los cuerpos son enterrados en posición fetal) son clavados en acantilados y la comunidad sacrifica cerdos, gallinas y otros animales en números de tres o cinco. Con el tiempo y el azote de los elementos, los ataúdes terminan deteriorándose y cayendo al suelo, tal vez creando nuevos inquilinos para el acantilado en el proceso.

Esta práctica está por desgracia en proceso de extinción y ya solo la practican los ancianos.

Si lo visitáis, no os pongáis debajo, por si acaso

Aquí Sheila, reportando para todos vosotros las historias más increíbles, los fenómenos más extraños y las cosas que nadie quiere que sepáis.

Cambio y corto.