Bienvenidos una vez más, queridos amantes del misterio, el terror y lo oculto a mi pequeño rinconcito de Internet. En la encuesta de esta semana habéis demostrado vuestro interés por los crímenes vintage, esos crímenes que, no por ser antiguos, dejan de ser interesantes. Como no es un mundo especialmente conocido por la mayoría del público, hoy vamos a empezar con un caso icónico que ha inspirado películas, rumores y leyendas, pero centrándonos solo en ella, en la víctima. Esta es la vida, la historia, de Elizabeth Short, la Dalia Negra.

La Dalia Negra, nombre real Elizabeth Short, nació el 29 de julio de 1924 en Massachusetts, EEUU. Su padre, Cleo Short, se dedicaba a diseñar rutas y edificios de minigolf, pero con la llegada de la Gran Depresión se le fastidió el negocio. Resulta que la gente no estaba muy interesada en el minigolf, sobre todo cuando en cualquier momento podía aterrizar delante de ti un suicida bursátil. Fue aquí cuando la vida de Elizabeth se empezó a torcer. Cleo era un pícaro de mucho cuidado y, viendo la ruina de su negocio, decidió fingir su propio suicidio e irse a vivir la vida a California, dejando a su mujer al cargo de cinco hijas, entre ellas Elizabeth. Su padre reapareció unos cuantos años después intentando reconciliarse con su exmujer, pero esta le dijo que nanai.

Ante una infancia poco ideal, con su madre trabajando en dos empleos, otras cuatro hermanas y un padre suicidado que realmente seguía vivo, Elizabeth buscó refugio en el teatro. Su mayor sueño era ser actriz y esto la llevó a comportarse de una forma más sofisticada de lo que en realidad era. Con los años se convirtió en toda una belleza, de pelo negro, piel de porcelana y ojos azules, atrayendo las miradas de todos los hombres.

Elizabeth no tardó en cansarse de sus trabajos de camarera y cuando su padre le ofreció mudarse a California con él, no se lo pensó dos veces. Segura de que aquel era el lugar idóneo para lanzar su carrera como actriz, hizo las maletas y puso rumbo a la Costa Oeste. Para sorpresa de nadie, su relación con el padre que la había abandonado fingiendo un suicidio hacía más de diez años, comenzó a deteriorarse rápidamente. Cleo la acusaba de ser una vaga, de no hacer tareas en la casa y de tener demasiadas parejas. Pocos meses después de haberse mudado con él, Cleo la echó a la calle y Elizabeth se las vio lejos de su familia y teniendo que apañárselas sola.

Desesperada ante su situación, trabajando como cajera en un sitio lleno de viejos verdes y con su carrera de actriz muerta, Elizabeth puso sus miras en el matrimonio. Harta de aguantar a los clientes de su trabajo, se mudó a Santa Bárbara con una amiga. Allí un pequeño altercado con la ley hizo que la policía sintiese pena por ella y lo preparase todo para que volviese a Massachusetts, pero nuestra protagonista era persona de ideas fijas y en nada volvió a California, esta vez a Hollywood.

En esta época, mientras hacía pinitos posando como modelo, comenzó a encadenar una serie de relaciones con la vista puesta en el matrimonio. Primero fue el teniente Gordon Fickling, pero esta relación se truncó enseguida al ser él enviado de maniobras a Europa. Después, el comandante Matt Gordon. Este prometió casarse con ella a su regreso de India, donde estaba destinado, pero desgraciadamente eso nunca pasaría: Matt Gordon murió de servicio. Quizá por el estado de depresión en el que se sumió, o quizá porque su carácter y acciones no apuntaban a una persona del todo estable, Elizabeth contó a sus amigos que en realidad se había casado con Matt y que su hijo había muerto en el parto. Poco después volvió a Hollywood y recuperó su relación con Gordon Fickling, que había vuelto de Europa. Todo parecía ir bien, pero como todas las relaciones de la Dalia Negra, no duró. Gordon rompió el compromiso cuando vio que Elizabeth correspondía a los coqueteos de otros hombres. Al contrario que con Matt, no pareció tomárselo muy mal. Quizá, a estas alturas, estaba acostumbrada al desengaño prematrimonial.

Fue aquí cuanto la vida de Elizabeth Short se truncó. En 1947 hizo un viaje a San Diego con un vendedor casado llamado Robert “Red” Manley. Este le había preparado una entrevista, pero ella no se presentó, aduciendo que no le gustaba San Diego y que la llevase de vuelta a Los Ángeles, donde estaba viviendo con unos familiares. Cuando cayó la noche, hicieron parada en un motel, donde cenaron y pasaron la noche. Según Manley, todo fue platónico: ella durmió en la cama y él en el sofá. A su llegada a Los Ángeles, Manley la dejó en un hotel del centro donde iba a reunirse con su hermana. El personal del hotel la vio usando un teléfono, tal vez para llamarla, pero ese encuentro nunca se produjo. Manley fue el último en verla antes de su desaparición.

El 15 de enero de 1947, el cuerpo de Elizabeth fue hallado por un ama de casa y su hija en un descampado. Estaba en unas condiciones grotescas. Con el torso separado del resto del cuerpo, estaba posicionada en una pose casi seductora, con las piernas abiertas de par en par y los brazos tendidos hacia arriba. Su rostro presentaba una gran sonrisa hecha a base de cortes en ambas comisuras de la boca. El cuerpo había sido lavado, quizá para eliminar pruebas o quizá simplemente en un añadido retorcido a aquella parodia de escena de cama. En el cuello, muñecas y tobillos, tenía abrasiones de cuerda, por lo que lo más probable es que hubiese sido torturada y mantenida con vida durante días. Tenía cortes por todo el cuerpo, había perdido parte del pecho derecho y su ano estaba dilatado, apuntando a que, además, habían abusado de ella sexualmente. Para culminar esta ordalía se le había obligado a comer heces.

El caso se volvió toda una sensación en los medios de comunicación. Una mujer joven (tenía tan solo 22 años en el momento de su muerte) y hermosa había sido torturada y asesinada de la forma más horrible. Se la pintó como un ángel inocente y, cuando eso dejó de funcionar, como una mujer de vida disoluta, tentadora y malvada. Todo valía con tal de mantener el interés del público y seguir vendiendo periódicos.

El caso parecía que se iba a cerrar sin nuevas pistas hasta que de repente llegó un mensaje al editor del Examiner felicitándole por su trabajo con el caso. Además, incluía un paquete con su tarjeta de identificación, partida de nacimiento e incluso el obituario de Matt Gordon. El objeto más llamativo era una lista de nombres de sospechosos escrita de la mano de la propia Elizabeth. La lista se convirtió en toda una bomba en sociedad, pues contenía los nombres de varios famosos y gente de bien, dando lugar a multitud de especulaciones y teorías más o menos absurdas. Los sospechosos fueron muchos, pero todos quedaron descartados.

Manley, el vendedor que la había llevado y traído de San Diego, fue investigado y descartado, pero el acoso por parte de la gente y la prensa no cesó. Comenzó a tener problemas mentales y terminó sus días encerrado en un sanatorio.

Una teoría de la policía es que el asesino podría haber sido el mismo responsable del caso de los Asesinatos del Torso de Clevelant. Conocido también como el Carnicero loco de Kingsbury Run, fue un asesino en serie de los años treinta que asesinó y desmembró al menos a trece víctimas.

A día de hoy, el caso de Elizabeth Short, la Dalia Negra, sigue sin resolverse. Su imagen se ha convertido en todo un icono, pero pocos saben lo que encerraba aquella misteriosa joven, que a veces aspiraba a ser actriz y otras a ser devota esposa. Quién sabe si, de haber vivido, no se habría convertido en una de esas estrellas fugaces de Hollywood.

Aquí Sheila, reportando para todos vosotros las historias más increíbles, los fenómenos más extraños y las cosas que nadie quiere que sepáis.

Cambio y corto.