¡Saludos cordiales!

A estas alturas ya os habréis dado cuenta de que no soy Sheila, pero antes de que huyáis despavoridos, debo deciros que voy a intentar divulgar y divertir casi tan bien como lo hace ella. ¡Dadme una oportunidad!

Vengo a hablaros sobre un lago venido a más al que llaman Mar de Salton, aunque si lo comparamos con un mar cualquiera, Salton parece una charca, tampoco nos vayamos a engañar.

Lo primero que habría que preguntarse es dónde está este «mar» y si Jonás navegó sobre sus aguas. Pues bien, el lago en cuestión está situado en el desierto de Sonora, en el estado de California, a tan solo 60 kilómetros de Palm Springs; un lujazo, vamos. Se trata de un emplazamiento ideal para ricachones y aficionados al calor, y a navegar en yate trazando grandes círculos. Aunque en ese lugar hubo un lago de agua salada en otros tiempos que iba y venía como el Guadiana, lo encontraremos completamente seco a principios del siglo XIX. En 1815 comenzó la extracción de sal en el área en la que se encuentra el lago y, cuando en 1884 llegó finalmente el ferrocarril, la extracción de sal cobró dimensiones bíblicas.

A finales de siglo, la Compañía de Desarrollo de California decidió que una mina de sal era poca cosa para ese terruño, así que convirtió el Valle Imperial (cercano al lago Salton) en un oasis agrícola en el desierto. Ahora os estaréis preguntando, ¿qué podía salir mal?

La C.D.C. construyó una serie de canales de riego que hicieron fluir el agua desde el río Colorado hasta el fértil desierto de Sonora. Durante algunos años la cosa fue de maravilla, el Valle Imperial se convirtió en una alfombra verde y todo el mundo se frotaba las manos. Sin embargo, las aguas que llegaban del Colorado contenían grandes cantidades de limo, lo que terminó por bloquear la puerta de la exclusa. Para solventar este problema, la C.D.C. excavó otro canal a unos pocos kilómetros al sur de la frontera con México, aunque el nuevo canal atravesaba un delta fluvial inestable. Cuando las aguas del río Colorado alcanzaron su punto máximo debido a las fuertes lluvias y el deshielo en el verano de 1905, el dique se rompió y la cuenca de Salton comenzó a inundarse a un ritmo alarmante. Pero, dice el refrán, no hay mal que por bien no venga; acababan de crear el Mar de Salton. Aunque, claro, siempre tiene que surgir alguna pega.

Sin salida al océano, y debido a la extracción de agua dulce para el riego de cultivos del Valle Imperial, la salinidad del lago se elevó. Cuando el agua regresaba al Salton a través de los aliviaderos, contenía sales disueltas, pesticidas y residuos de fertilizantes. A medida que los niveles de solución salina aumentaron, los peces de agua dulce murieron. Las autoridades experimentaron con la incorporación de varias especies de peces de agua salada, incluidos el salmón, el fletán, las almejas, las ostras y más. Aunque no hubo demasiada suerte, estos peces también murieron debido la elevada salinidad

Sin embargo, a principios de la década de 1950, algunas especies consiguieron adaptarse, entre ellas la corvina del golfo, el sargo, la corvina naranja y la tilapia. Con nuevas especies disponibles, la aparición de la pesca recreativa sufrió un gran impulso. El «mar» del desierto interior se convirtió en un atractivo destino de vacaciones. En su costa se edificaron numerosos centros turísticos y puertos deportivos para satisfacer las necesidades de esquiadores acuáticos, navegantes y pescadores. De la nada surgieron restaurantes, tiendas y clubes nocturnos hasta convertir la zona en un paraíso vacacional.

Durante los años 60, el lago gozó de una inmensa popularidad, especialmente entre los ricos y famosos. Estrellas de cine y músicos acudían en masa a la costa del Salton. Dean Martin, Jerry Lewis, Frank Sinatra o los Beach Boys fueron algunos de sus visitantes más ilustres. Sin embargo, la opulencia de la zona duró lo que un caramelo a la puerta de un colegio. En la década de los 70, los peces del lago comenzaron a caer como moscas. El nivel del agua del mar aumentó después de varios años de fuertes lluvias y de un incremento del drenaje agrícola. Las casas, negocios, centros turísticos y puertos deportivos que se encontraban cerca de la orilla sufrieron varias inundaciones hasta que el agua se estabilizó de nuevo en 1980.

La sal y los fertilizantes de la escorrentía se habían acumulado hasta el punto de alcanzar niveles tóxicos, lo que comenzó un ciclo de descomposición. A medida que las algas se alimentaban de estas toxinas, se formaban grandes cantidades de materia, que desprendía malos olores y flotaba sobre la superficie del lago, asfixiando a la mayoría de los peces. En definitiva, el agua fue tomando un olor pútrido que ahuyentaría incluso a las mofetas.

Después de unos pocos años de fermentación de este caldo, los centros turísticos cerraron, los puertos deportivos quedaron abandonados y quienes podían permitírselo se marcharon de allí como alma que lleva el diablo, dejando tras de sí edificios ruinosos y basura por todas partes.

Si bien algunas personas todavía viven en el área que rodea al Mar de Salton, hoy es una mera sombra del lago que fue durante su edad de oro. En 1990, los funcionarios del estado de California idearon un plan para revitalizar la zona, pero, oh sorpresa, algo volvió a fallar.

En 2002, otra cabeza pensante decidió actuar para salvar este maravilloso monumento a la decadencia. Una compañía de servicios públicos propuso desviar miles de millones de litros de agua al condado circundante de San Diego, con la condición de que el estado de California asumiera la responsabilidad futura del lago. La compañía, a cambios, suministraría agua a las tierras de cultivo para compensar la contracción del Mar de Salton. Sin embargo, California no tomó las medidas apropiadas, y el área ahora se ha convertido en un espanto ecológico.

Gran parte del lago se ha secado, lo que ha conllevado la aparición de tormentas de polvo y problemas de salud pública. Ahora solo quedan esqueletos de edificios abandonados y señales oxidadas. Aunque, a día de hoy, todavía un grupo de valientes se resiste a marcharse de ese paraíso terrenal.

Que no se diga que la moral no está alta.

Se despide su reportero ocasional desde la soleada California.

C.G. Demian es escritor de novela y ha participado en varias antologías. Además de eso, tiene un maravilloso sentido del humor. Podéis saber más de él en su página web o seguirle en su perfil de twitter .