Bienvenidos, queridos amantes del misterio y las cosas rarunas al rincón de Sheila. Hoy me vuelvo a colar en este lugar tan truculento para hablaros de un tema de altos vuelos. El mundo se estremeció cuando dos aviones de pasajeros se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York. Hasta la fecha ha sido el ataque terrorista más devastador de la historia, sin embargo, tampoco fueron tan originales. Incluso diría que lo de estrellar un avión contra un edificio es más frecuente de lo que pueda parecer. Quizá algunos penséis que exagero, pero si repasamos un poco la actualidad «avionista», descubriremos que no es tan extraño.

Aunque la mayoría de estos choques son fortuitos, el primero que citaré fue puro espectáculo. Y es que el director Christopher Nolan tuvo la genial idea de estrellar un avión contra un edificio durante el rodaje de Tenet. Seré sincero, si yo tuviera el presupuesto que tienen las películas del director británico, también lo haría. No en vano, el protagonista del film, John David Washington ha declarado al respecto «Era un avión real, y era un edificio real contra el que lo estrellaron… todos lo presenciamos, ¡fue épico!».

Pero, querido lector, hay veces que las cosas suceden simplemente por azar o accidente. Y es que estrellar un avión contra un edificio no resulta tan divertido como parece si te encuentras dentro del avión en ese momento. Esto le sucedió a los pasajeros del vuelo 2100 de Bek Air el 27 de diciembre de 2019. Los confiados viajeros iban a volar desde Almatý hasta Nursultán (famosas ciudades de Kazajistán) a bordo de un Fokker 100 (cualquier chiste respecto a esta marca alemana aeronáutica ya se hizo durante la Segunda Guerra Mundial). El caso es que algo falló durante el despegue. Al tomar altura, la parte trasera del avión rozó dos veces con la pista. Giró a la derecha y golpeó una valla perimetral antes de impactar contra un edificio en un área residencial cercana al aeropuerto. El avión se partió y hubo quince muertos y decenas de heridos.

Pero las desgracias nunca vienen solas. El 3 de septiembre de 2021, volvió a suceder. ¡El avión es el método más seguro para viajar! ¡Pero si eso pasa una vez cada siglo! Pues sí pasa. Esta vez viajamos al Aeropuerto Robertson de Farmington, situado en el estado de Connecticut, Estados Unidos. La aeronave era un Cessna Cltation 560X, el típico jet privado de los ricachones. El despegue se produjo a las nueve de la mañana, sin embargo, antes de tomar altitud, el avión impactó contra una fábrica de la compañía alemana Trumpf Inc., que se dedica a fabricar maquinaria industrial.

Los cuatro tripulantes del jet murieron en el accidente.

Ahora pensareis, pues ya está, solo han pasado dos meses, no ha podido suceder nada más. Pues sí ha podido. Nos trasladamos a la provincia de Milán, en concreto la calle Marignano de San Donato Milanese. A las 13:04 del 3 de octubre cuando despegó un avión privado de Linate (el aeropuerto internacional de Milán): nada hacía presagiar lo que iba a ocurrir. El avión se dirigía a Olbia, una encantadora ciudad de Cerdeña, aunque nunca llegaría a la isla.

Los habitantes de San Donato, de pronto, escucharon un siseo muy fuerte y, a continuación, una gran explosión. El avión acababa de estrellarse contra un edificio en remodelación que, por suerte, estaba vacío. Según testigos presenciales «El avión tenía un motor en llamas y se abalanzó sobre el edificio, no se vieron maniobras, simplemente se estrelló». En el choque fallecieron ocho personas, entre ellas el acaudalado propietario del ingenio volador, que a su vez ejercía de piloto. El edificio se vio envuelto en llamas muy pronto, lo cual hizo que cundiera el pánico, ya que, a pocos pasos se encuentra la sede del ENI (Ente Nacional de Hidrocarburos) y una terminal de metro.

Pero, como suele decirse, hoy en día está ya todo inventado. El 28 de julio de 1945, con la Alemania nazi derrotada y con Estados Unidos a punto de lanzar un par de bombas sobre el Japón imperial, un avión militar se estrelló contra el Empire State Building. Evidentemente los americanos no se habían vuelto locos y estaban atacándose a sí mismos. Se trató de un accidente causado por la espesa niebla que cubría aquel día la ciudad de Nueva York.

Un bombardero B-25 Mitchell volaba desde Bedford, Massachusetts hasta el aeropuerto de La Guardia en Nueva York. Cuando estaba llegando al final del trayecto, la torre de control le indicó que aterrizaran en otro aeropuerto, en Newark, concretamente. Este cambio de última hora provocó que sobrevolaran la isla de Manhattan. Precisamente, para aumentar la visibilidad, los pilotos decidieron volar bajo, aunque creo que esto no mejoró mucho la visión, visto como terminó todo. Cegados por la niebla, terminaron por encontrarse de frente con el edificio Chrysler. Para evitar el impacto, el avión cambió de trayectoria, lo cual tuvo como resultado que se estrellaran contra el Empire State Building. El impacto abrió un boquete en la planta 79 del edificio y el combustible del avión explotó. Las llamas se extendieron hasta la planta 75. Un motor atravesó el edificio y aterrizó en un ático, al otro lado de la calle. Del agujero que se había abierto en la fachada salía una lengua de fuego. Vamos, que no faltó de nada.

A pesar de lo aparatoso del accidente, solo murieron 14 personas, incluidos los tres tripulantes del bombardero. Comparado con el ataque a las Torres Gemelas, quedó en una broma. Un agujero de cinco metros y medio de ancho por seis de alto se había abierto en el costado del Empire State. Aunque su integridad estructural no se vio afectada, el siniestro causó casi un millón de dólares de la época en daños, el equivalente a 11 millones de los nuevos dólares.

Apartamento con vistas

Pero es imposible hablar de este incidente y no mencionar a la inigualable Betty Lou Oliver. La joven de 20 años trabajaba por aquel entonces como asistente de ascensor. El impacto del avión provocó que saliera despedida cuando se encontraba en la planta 80 del edificio. Como resultado, sufrió quemaduras graves, se rompió la pelvis, la espalda y el cuello. A pesar de que las heridas eran muy graves, el personal médico que la atendió tuvo claro que Betty sobreviviría. La colocaron en una camilla y la subieron al ascensor para llevarla hasta el vestíbulo (bajar 79 plantas con una camilla a cuestas no se lo desearías ni a tu peor enemigo), pero se les escapó un pequeño detalle.

Recordemos que uno de los motores del avión había caído en la azotea de un edificio cercano. El otro, sin embargo, se había quedado dentro del Empire State, seccionando los cables del ascensor. Colocaron a Betty dentro en la planta 79 y, de repente, comenzó a precipitarse hacia el fondo del hueco. Según se supo más tarde, los 305 metros de cable seccionado habían creado una especie de colchón que amortiguó la caída de la afortunada Betty, de modo parecido al que funciona un muelle. Esto, combinado con la rápida compresión del aire le salvaron la vida y la joven esquivó la muerte por segunda vez aquel día. Betty sufrió nuevas lesiones graves debido a la caída, pero sobrevivió. Necesitó ocho meses para recuperarse por completo y, solo para poner la guinda al pastel, os diré que aquel era su último día de trabajo como ascensorista. Betty estaba casada y una vez se recuperó del accidente, regresó a Fort Smith, Arizona, para vivir con su marido. Murió en Fort Smith, el 24 de noviembre de 1999. Tenía 74 años de edad.

Se despide el reportero ocasional desde algún lugar de tierra firme.

C.G. Demian es escritor de novela y ha participado en varias antologías. Además de eso, tiene un maravilloso (y truculento) sentido del humor. Podéis saber más de él en su página web o seguirle en su perfil de twitter .