Bienvenidos una vez más, queridos amantes del misterio, el terror y lo oculto a mi pequeño rinconcito de Internet. Esta semana por fin ha salido el tema de personajes interesantes y nada podría hacerme más feliz. ¿Por qué? Pues porque hace mucho que quería hablar de los hermanos Collyer, un par de excéntricos que causaron sensación en Manhattan a principios del siglo XX por su comportamiento extraño y antisocial, que sufrieron un triste y deslustrado final. Coged vuestros equipos de excavación, linternas y picos porque vamos a inspeccionar la azarosa vida de los hermanos Collyer.

Homer Lusk Collyer y su hermano Langley Collyer nacieron a finales del s.XIX, hijos del Doctor Herman L. Collyer y su mujer Susie Gage Frost, en Manhattan, Nueva York. Él era ginecólogo y ella era cantante de ópera. Además, Herman y Susie eran primos así que ¿qué podía salir mal? Muchas cosas. Digamos que los hermanos Collyer ya tenían algo de desventaja antes de nacer por eso de compartir demasiados apellidos (que oye, si vosotros salís con vuestros primos, que sepáis que no juzgo), aunque en apariencia esto no les había afectado en temas de salud, y de que su padre era un excéntrico y todo se hereda. ¿Qué a qué me refiero con excéntrico? Pues a que era raro de cojones. Herman trabajaba en un hospital en la actual isla Roosevelt y para ir allí, en vez de coger el ferry, o el puente colgante o lo que quiera Dios que hubiese para pasar de un lado a otro, se cruzaba todas las mañanas media ciudad con una canoa al hombro. Con el tiempo Herman comenzó a vivir separado de su mujer e hijos, pero era demasiado tarde. La rareza se había pegado y ellos nunca olvidarían las costumbres náuticas de su padre, entre otras cosas.

Con el tiempo, los chavales crecieron. Homer se graduó en derecho y Langley se consideraba a sí mismo una especie de inventor. Como todos sabemos, la gente que se considera inventor no suele ser en absoluto extraña. Y para ser sinceros, al principio nada apuntaba que fuesen personas peculiares. Sus padres habían muerto en los años veinte, pero este suceso no parecía haberles afectado de una forma trágica, ni nada parecido. Hacían una vida bastante normal, participando en las actividades del barrio, yendo al trabajo… Lo típico, vaya.

Lo que realmente hizo que todo se fuese bastante al cagarro fue la enfermedad visual de Homer. En 1933, Homer perdió la vista por culpa de una hermorragia en la parte trasera de sus ojos (disculpad mi desconocimiento de la jerga médica) y comenzó a recluirse en su casa. Langley, que siempre había adorado a su hermano dejó su trabajo de afinador de pianos y se quedó para cuidarle. Vale, es una putada quedarte ciego a principios del siglo XX. Ni la sociedad estaba tan concienciada como ahora con las discapacidades, ni existían los cuidados médicos de hoy en día. Pero tampoco es como si fueran unos muertos de hambre. De hecho vivían en una especie de mansionzuela, prácticamente un bloque entero de pisos para ellos solos. Y diréis, Sheila, “tú odias salir a la calle, no nos seas hipócrita”. Eh, eh, vale. Tenéis razón: odio salir a la calle. ¿Pero sabéis qué? Aun así salgo y mi casa no es un vertedero. Pero me estoy adelantando a los acontecimientos.

El caso es que Homer se recluyó por su falta de vista y Langley se quedó para cuidarlo. Langley era un hermano dedicado. Le leía a su hermano libros para que no se aburriera, se ocupaba de sus necesidades básicas y estaba estudiando la forma de curarle. Comenzó a acumular periódicos para que Homer pudiese leerlos cuando recuperase la vista. Pero nunca la recuperó y ambos fueron saliendo a la calle cada vez menos y menos hasta convertirse en una especie de mito urbano entre sus vecinos. Estos decían que los hermanos Collyer vivían entre lujos, riquezas y tesoros de mataporculo y no era raro que los adolescentes intentasen colarse dentro de la mansión para ver qué narices había dentro. Una periodista un tanto garrula no ayudó en absoluto, al publicar un artículo diciendo que estaban forrados y esas cosas. Este clima enrarecido y el aumento de la inmigración en el barrio (que antes había sido de clase bastante alta, por si no os había quedado claro), hicieron que a Langley no le gustase salir ni a por el pan. Después de que unos críos le rompieran la ventana a pedradas, directamente pasó a salir a comprar solo por la noche, cruzando de punta a punta la ciudad para poder comprar a esas intempestivas horas. Un poco como su padre con la bendita canoa.

Ah, y también tapió todas las puertas y ventanas de su casa, además de llenar toda su casa de trampas mortales. Casi se me olvida.

Imagen de cómo había tapiado Langley las puertas interiores

Langley estaba convencido de que cualquier día entrarían a robar sus preciadas posesiones y convirtió la casa en un auténtico laberinto. ¿Cómo? Pues resulta que sus preciadas posesiones eran, en realidad, un montón de basura, literalmente. Los hermanos muy probablemente padecían de trastorno de acumulación compulsiva. Las personas que padecen esta enfermedad se sienten incapaces de tirar nada (por muy usado o deteriorado que esté) y van acumulando más y más objetos hasta que sus casas se convierten en intransitables. E intransitable era la mansión de los Collyer. Como ya he dicho, Langley había construido un auténtico laberinto con todas las cosas que habían ido acumulando, dejando entre medias unos pequeños espacios a modo de nido, en los que se podía medio vivir. Además todo el recorrido estaba lleno de trampas diseñadas para matar.

Alrededor de 1939, les cortaron la luz, el gas y el teléfono debido a impagos, pero a los hermanos no les importó. Llevaban casi once años sin usarlos y no, esto no era lo normal para alguien de clase alta en la época. Un par de años después el banco intentó embargarles la casa, una vez más por impago. Langley salió y les soltó en la cara los 6.700 $ que les faltaban por pagar. Eso era un pastizal para la época. Hay que decir que este momento me parece grandioso. Imaginaos que os vienen a embargar, salís con toda la pasta y se la tiráis a la cara a los del banco en plan “dejadme en paz”.

Pero claro, todas estas movidas hicieron que los agentes de la ley se preocupasen. Hacía mucho que no se veía a Homer… Bueno a ninguno de los dos se les veía mucho, pero a Homer en concreto, menos. Y claro estaban preocupados porque igual había muerto o yo qué sé. Un sargento fue a comprobar que estaba bien y, para sorpresa de todos, Langley le dejó pasar y le guio a través del mierdilaberinto durante casi media horaza. Homer estaba bien, pero un tanto hasta los huevos de que se metieran en su vida.

Los problemas económicos volvieron pronto. Hacienda se metió en el ajo por impago de impuestos (porque nadie podía ni quería dejar vivir a estos dos en paz) y puso la casa a nombre del estado. Pusieron el edificio en subasta, pero nadie lo quiso porque estaba hecho una mierda. Es lo que tiene no cuidar tu casa y llenarla de basura durante decenios. Poco después tuvieron que ir a juicio por que la ciudad quería unas tierras que ellos poseían para hacer calles y esas cosas típicas de las ciudades. Langley apareció en el juicio vestido con ropa de hacía treinta años, como si no supiese que había pasado el tiempo, y al final les quitaron los terruños por cuatro perras. Esta fue la última vez que se vio a alguno de los dos con vida.

En 1947 alguien llamó a la policía diciendo que la casa olía a muerto. Literalmente. La policía fue a investigar y esta vez no se contentaron con llamar a la puerta sino que empezaron a echar la puerta abajo con barras de acero, hachas y demás parafernalia. Pronto se dieron cuenta de que no tenían mucho que hacer ante la montaña de cosas acumulada e intentaron acceder por el tejado y por ventanas de los pisos superiores. Tardaron horas en acceder pero cuando por fin lo consiguieron, entraron y, efectivamente, encontraron un cadáver… el de un ladrón que se había quedado atrapado en las trampas de Langley.

Por desgracia, también encontraron a los hermanos muertos. Langley, había muerto atrapado en una de sus propias trampas, aplastado bajo multitud de cosas, intentando llegar desesperadamente a donde estaba su hermano, al que siempre había querido con locura. A tan solo unos metros de distancia, pero separados por muros y muros de objetos y basura, estaba Homer. Homer había muerto después que su hermano, sentado en un sillón, ciego, solo, por hambre y deshidratación. Solo Dios sabe cuánto tiempo tuvo que estar escuchando los estertores de su hermano, sabiendo que necesitaba ayuda, pero sin poder hacer nada…

Como curiosidad, la policía tardó más de tres semanas en desmontar el laberinto y limpiar el edificio y sacaron más de 103 toneladas de basura. Entre los objetos había multitud de periódicos viejos, libros, colecciones de cuadros y estatuas, un coche desmontado, estatuas, latas, colecciones de medicina de Herman Collyer, carritos de bebés e infinidad de curiosidades. Los hermanos se han convertido en todo un mito con el tiempo y se discute si eran personas enfermas o gente que quería vivir a su modo, pero que se vio forzada a recluirse ante las presiones de la sociedad para obligarles a aceptar un modo de vida que ellos no querían. El edificio en el que vivían fue derruido y a día de hoy en su lugar hay un pequeño parque conmemorativo.

Aquí Sheila, reportando para todos vosotros las historias más increíbles, los fenómenos más extraños y las cosas que nadie quiere que sepáis.

Cambio y corto.