Bienvenidos una vez más, queridos amantes del misterio, el terror y lo oculto a mi pequeño rinconcito de Internet. Esta semana habéis decidido que queréis que hablemos de doctores infernales y, sinceramente, creo que os vais a arrepentir, pero eh, es vuestra decisión así que apechugad con ella. En el artículo de hoy hablamos del doctor Kermit Barron Gosnell, un adalid de los derechos de las mujeres, si por derechos de las mujeres entendemos lucrarse a costa de llevar una clínica abortiva que habría hecho las delicias de Josef Mengele. Y antes que nada aviso de dos cosas: la primera es que aquí no hablo de política sino de sucesos, este artículo no va a tratar sobre si el aborto está bien o mal, no intentéis darle un doble o triple sentido. Dos: atención sensibles, porque vamos a hablar de cosas bastante delicadas.

Avisados quedáis, dicho lo cual, procedamos.

Kermit Barron Gosnell nació en el año 1951, en Philadelphia, EEUU. Desde pequeño decía que quería ayudar a los desfavorecidos y se sacó el diploma médico en la Thomas Jefferson University en 1966, aunque para ser sinceros, este diploma no tenía mucho valor ya que nunca fue capaz de terminar su residencia, lo que vendría siendo las prácticas. Siendo justos, al principio de su vida médica parecía que, efectivamente, sus intenciones eran de lo más nobles: atendiendo a gente en precarias condiciones monetarias, abriendo una clínica de rehabilitación para drogodependientes en el barrio de Mantua (uno de los barrios pobres de West Philadelphia) y llevando a cabo un programa de ayuda para los adolescentes. Todo esto suena la mar de altruista, nadie me lo puede negar. El problema es que el altruismo normalmente no te lleva a ningún sitio en lo que al dinero se refiere. Tener el respeto de tu vecindario es muy bonito y todo eso, pero más bonito aún es nadar en billetes de cien dólares, así que Gosnell decidió que tenía que reconvertir su negocio.

En 1972 el tema del aborto estaba súper de moda en la sociedad estadounidsense. Todo el mundo estaba que si “aborto sí” o “aborto no” y Gosnell se subió al carro del “aborto sí”. ¿Cómo? Pues abriendo una clínica (la Women’s Medical Society Clinic) en la que ayudar a las mujeres a abortar por, digamos, un módico precio. Y cuando digo módico quiero decir prohibitivo: de 1.600 a 3.000 dólares de la época. Vamos, que barato, lo que se dice barato, no. Se estima que cada día se sacaba entre 10.000 y 15.000 dólares, sin contar otros 10.000 o 20.000 que se sacaba por prescribir todo tipo de drogas y medicinas. Gosnell daba a sus pacientes opioides (altamente adictivos) enganchándolas a esta sustancia que hoy en día supone todo un problema en EEUU. Aunque cruel, esta última parte en mi opinión era el crimen perfecto porque si recordáis, tenía una clínica de rehabilitación, así que todas las pobres desgraciadas que consiguiese enganchar, luego los tendría en la clínica o comprándole droga. Plan sin fisuras; como abrir un McDonalds al lado de un gimnasio. En cualquier caso, y os permito llamarme paranoica si queréis, algo me dice que para esta época, Gosnell pasaba un poco bastante de las buenas intenciones y estaba más preocupado por amasar grandes cantidades de dinero que de otra cosa.

Quiero decir si realmente le hubiesen preocupado lo más mínimo las vidas y la salud de sus pacientes no habría ahorrado tanto en costos como para que la clínica pareciese más un campo de concentración que un centro médico. Pero me estoy adelantando, damas y caballeros, y los spoilers están muy feos.

En Philadelphia no estaba prohibido abortar ni mucho menos, pero había que cumplir unas condiciones. Tenías que acudir a un psicólogo antes, que te explicaba el procedimiento y sus consecuencias) y estar dentro de los plazos permitidos, esto es durante las primeras veinticuatro semanas (unos seis meses). Si eras menor de edad necesitabas el consentimiento de uno de tus progenitores. Lo que ofrecía Gosnell era no hacer preguntas: no tenías que pasar por ningún otro profesional y daba igual cuántas veces asomases el careto por allí. Según palabras de una de las testigos del caso: “podías ir a abortar y si te pasabas dentro de dos o tres meses otra vez, no pasaba nada”.

¿Y qué implica esto de que no hacía preguntas? Pues que entre otras cosas, podías ir allí embarazada de ocho o nueve meses y él te abortaba al niño como fuese. Este “como fuese” normalmente implicaba administrar medicamentos que provocasen el parto a la paciente. ¿Cuál es el problema? Pues que cuando das a luz a un bebé de siete, ocho o nueve meses, el bebé normalmente nace vivo y coleando, capaz de vivir fuera de una incubadora perfectamente. Pero no pasa nada, porque Gosnell, que era un humanitario, tenía la solución para este pequeño contratiempo de los bebés vivos: cortarles la espina dorsal en la zona del cuello. Evidentemente, las pacientes no tenían ni idea de nada de esto: ni de que el bebé había nacido vivo, ni de que luego se lo cargaban. Pensad que estamos hablando de los años setenta y de una zona terriblemente empobrecida, lo cual afectaba a los conocimientos que estas mujeres tenían sobre todas estas cosas. La gente fumaba y bebía estando embarazada y nadie pestañeaba, así que el nivel de conocimiento estaba bajo incluso en las clases medias. Y por cierto hay fotos de estos bebés, pero no pienso enseñároslas, si sois tan masoquistas, buscadlas solitos en Google, que para algo está.

El procedimiento habitual para los abortos tempranos, era algo diferente. Se les administraban las drogas y se llevaba a las mujeres al váter. Se las hacia acuclillarse hasta que expulsaban al feto, mientras los empleados vigilaban que no atascase el retrete. La experiencia podía ser más o menos dolorosa según lo que estuvieses dispuesta a sufrir. Cuanto más pagases, más sedación te daban. Si no, pues te jodías y sufrías, por pobre.

Durante los años hubo infinidad de quejas sobre la clínica, y no solo porque a la gente no le gustasen los abortos, sino porque tenía unas condiciones más bien poco higiénicas y unas prácticas lamentables. Para empezar, los ayudantes de Gosnell raramente tenían un certificado médico de ningún tipo, a veces ni siquiera eran mayores de edad. Vamos, sabían lo que tú y yo sobre cómo operar cualquier cosa: nada (si eres médico y estás leyendo esto, siéntete libre de no darte por aludido). El propio Gosnell no era ginecólogo ni nada que se le pareciese y usaba la licencia de otro médico para anunciar el negocio, pero esto no fue suficiente para que le tumbaran el negocio. En aquella época había una política de hacer la vista gorda con las clínicas de este tipo porque los políticos no querían poner barreras al acceso de las mujeres al aborto. Muchas inspecciones no se llevaban a cabo o se miraba todo por encima y adiós muy buenas. Algunas de las cosas por las que se investigó la clínica, pero que no llevaron a ningún sitio son las siguientes:

  • No tener enfermeras en la sala de recuperación de las pacientes, lo que podía hacer que muriesen bajo posibles efectos de la anestesia.
  • Usar personal sin licencia.
  • Muerte por pérdida de sangre de una paciente que no fue atendida después de recibir un aborto
  • Vacunar a niños con vacunas almacenadas en condiciones insalubres y temperaturas inapropiadas.
  • No llamar a los médicos después de que una paciente se encontrase mal y necesitase mayores cuidados.

Entre otras muchas…

No fue hasta 2010 (hace cuatro días como quien dice), después de casi cuarenta años haciendo esto, que la DEA empezó a investigar el tráfico de opioides del Dr. Gosnell. Entonces, por fin alguien dijo: “¿Eh? ¿Sabéis ese sitio que ha recibido tantas quejas, el de las vacunas chungas y las pacientes muertas? Pues igual habría que echarle un ojo”.  Así que la DEA hizo una redada en la clínica y lo que encontraron los agentes les dejó en estado de shock, porque ellos iban preparados para incautar drogas, no para encontrar un centro médico que parecía recién salido de los suburbios del infierno.

Traduzco a continuación parte del reporte que se hizo al jurado encargado del caso:

Cuando los miembros del equipo entraron en la clínica, se quedaron horrorizados, describiéndoselo al jurado como ‘sucio’, ‘deplorable’, ‘desagradable’, ‘muy antihigiénico, anticuado y horrible’, y ‘de lejos, lo peor que estos expertos investigadores se habían encontrado jamás’. Había sangre en el suelo. Un olor a orina invadía el aire. Un gato infestado de pulgas estaba rondando por las instalaciones y había heces de gato en las escaleras. Mujeres semi-conscientes esperando a abortar estaban gimiendo en la sala de espera o en la sala de recuperación. Todas las mujeres habían sido sedadas por personal no cualificado –mucho antes de que Gosnell llegase a la clínica- y los miembros del personal no podían afirmar con precisión qué medicaciones o dosis habían administrado a las pacientes en espera. Muchas de las medicaciones habían caducado hacía tiempo… Las salas quirúrgicas estaban sucias y antihigiénicas… se parecían a ‘el cuarto de baño de una mala gasolinera’. Los instrumentos no estaban esterilizados y el equipo estaba anticuado y oxidado. El equipo de oxígeno estaba cubierto de polvo y no había sido inspeccionado. El mismo tubo de succión corroído se usaba para los abortos y para las vías respiratorias orales si se necesitaba asistencia para la respiración.

Restos de fetos estaban acumulados a lo largo de la clínica –en bolsas, botellas de leche, cartones de zumo de naranja e incluso contenedores de comida de gato… Gosnell admitió al Detective Wood que al menos un 10 o 20 por cierto… eran probablemente mayores de 24 semanas (seis meses aproximadamente, el límite legal). En algunos casos, se habían practicado incisiones en la base de los cráneos de los fetos. Los investigadores encontraron una fila de jarras conteniendo solo los pies cortados de varios fetos. En el sótano, encontraron un montón de material médico apilado. El feto de 19 semanas dado a luz por la Señora Mongar tres meses antes estaba en el congelador. En total. De los 45 fetos que fueron recuperados, al menos dos de ellos, probablemente tres, eran viables.”

En 2011 Gosnell fue detenido, juzgado y condenado por tres cargos de asesinato, un cargo de homicidio involuntario y más de 200 cargos menores incluyendo infanticidio y crimen organizado. Y sí, a mí lo de infanticidio tampoco me suena a crimen menor pero yo que sé, son sus costumbres y hay que respetarlas, o algo así. Fue condenado a tres cadenas perpetuas sin posibilidad de libertad condicional.

Aquí Sheila, reportando para todos vosotros las historias más increíbles, los fenómenos más extraños y las cosas que nadie quiere que sepáis.

Cambio y corto.