Saludos desde el lugar más truculento de internet. Hace tiempo aparecí por aquí para contaros la maravillosa historia del Lago Salton. Un lugar de lujo y contaminación creado por el ser humano para uso y disfrute de todos. Pero no penséis que la especie humana no es capaz de alcanzar metas mayores. Hoy hablaré sobre otra de esas grandes gestas, la desaparición del mar de Aral.

Hubo una vez un bello mar interior en Asia, situado entre Kazakistan y Uzbekistán, cuyo tamaño aproximado era 68.000 km cuadrados, algo así como la superficie de Irlanda. Este mar era muy rico en peces y daba de comer a 40.000 familias que se ganaban la vida como pescadores.

No obstante, los líderes soviéticos pensaron que esto no debía de ser de mucha utilidad, así que en los años 60 decidieron que el agua de los ríos que alimentaban el mar de Aral podría bien utilizarse en otras cosas más provechosas. Efectivamente, el gobierno decidió dedicar ese agua para crear tierras de regadío en las que plantar algodón y productos hortofrutículas con los que alimentar a sus famélicos camaradas, quizá porque no les gustaba el pescado. Así que, crearon una amplia red de canales para regar el desierto, desviaron los ríos y el mar poco a poco se fue secando, y cuando digo poco a poco, quiero decir en cuestión de 40 años.

Sin embargo, la vida no es todo luz y color, truculentos lectores. Donde otrora hubo un mar esplendoroso, ahora hay un yermo desierto de arena, vamos, que crearon la playa más grande del mundo. La superficie del mar se redujo durante los siguientes 40 años de 68.000 a 17.000 km2 y, además, ha quedado dividida en dos mitades. Quizá algunos os estaréis frotando las manos, pensando en que podríais hacer negocio en esas tierras, pero lamento tener que deciros que no saldría bien.

Debido a los nuevos cultivos agrícolas, las aguas de los ríos que desembocan en el mar de Aral han arrastrado hasta esta maravillosa playa toneladas de pesticidas y otros productos químicos residuales. Además, el viento ha aportado otras sustancia como el sulfato de sodio, el cloruro de sodio o el bicarbonato de sodio, que también se utilizan en la agricultura. Así que, en lugar de bronceador, os aconsejo que si visitáis el lugar os llevéis una máscara de gas, ya que, la población de la zona sufre de muchas enfermedades respiratorias crónicas, cáncer del esófago y laringe, anemia y trastornos digestivos. También se ha detectado un nivel anómalo de enfermedades oculares, así como de riñón e hígado.

Descansando bajo una sombrilla

Por ejemplo, existen estudios que muestran que de las 700 mil mujeres que habitan la zona, cerca del 97% están anémicas y sus niveles de hemoglobina están muy por debajo de la cantidad mínima establecida por la Organización Mundial de la Salud. El agua potable que consume la mayoría de las personas es agua de drenaje contaminada, saturada de sustancias químicas y sales procedentes de los campos de algodón. Por lo visto, las mujeres no pueden absorber el hierro debido a los elevados niveles de metales presentes en el agua, como manganeso y zinc.

Pero no solo la salud de las personas se ha visto afectada. Las ciudades costeras, cuyo motor económico era el mar de Aral, han quedado aisladas en mitad de un desierto, disfrutando así de un invierno frío y un caluroso verano en los que se alcanzan temperaturas de 60 grados, debido a que ya no existe una masa de agua que regule la temperatura. Por si esto fuera poco, ahora hay tormentas de arena que mueven millones de toneladas de sal que terminan depositándose en los campos que rodean al antiguo mar, convirtiéndolos en tierras estériles debido a la salinización. Poca broma con las tormentas, que han llegado a transportar sal hasta Pakistán. Supongo que estos pequeños inconvenientes fueron desestimados por el genio creador de esta gran obra de ingenieria.

Ha llegado el momento de hablar de Vozrozhdeniya, una isla situada en Uzbekistán, en el interior de este maravilloso mar que, durante la Guerra Fría, fue utilizada para instalar un laboratorio de armas biológicas (no se me ocurre un lugar más apropiado, la verdad) al que dieron el bonito nombre de Aralsk-7. En él se desarrollaron cepas de enfermedades para una eventual guerra biológica contra occidente. Tifus, peste bubónica o nuevas variedades de viruela fueron investigadas en estas instalaciones. Después de la extinción de la Unión Soviética, el ejército ruso tomó posesión de él, pero más tarde se abandonó (seguramente porque el laboratorio no está en Rusia). Durante la Perestroika, en el año 1988, se llevaron cientos de toneladas de bacterias de antrax, que fueron lavadas con lejía, a fin de matar la cepa. A continuación, se metieron en barriles y fueron enterradas en grandes hoyos a dos metros bajo tierra. Eso sí es un tesoro bajo el mar y no un galeón español, aunque mar, lo que se dice mar, ya no había.

Viviendas y laboratorios del profesor chiflado

Pero antes de esto, como cualquier laboratorio soviético, tuvo sus pequeños fallos de seguridad. En 1971, un lote de viruela fue liberado por error en la isla e infectó a 10 personas. Tres de ellas murieron. En mayo de 1988, según los informes, 50.000 antílopes saiga que habían estado pastando en una estepa cercana cayeron muertos en una hora.

En 1991 los rusos se largaron a toda prisa, dejándose parte del equipo en la retirada. Para que os quedéis más tranquilos, os diré que ahora la antigua isla es accesible por tierra, dando un paseo de 300 quilómetros por el desierto, y que las instalaciones no están vigiladas ni mantenidas. Con un poco de suerte, algún desaprensivo o ignorante puede que encuentre un barril con algún agente biológico y lo libere. En tiempos de COVID, ¿quién sería capaz de asegurar que eso no ha sucedido ya?

Esto es todo por ahora, se despide desde el mar de Aral este reportero ocasional.

C.G. Demian es escritor de novela y ha participado en varias antologías. Además de eso, tiene un maravilloso (y truculento) sentido del humor. Podéis saber más de él en su página web o seguirle en su perfil de twitter.