Bienvenidos una vez más, queridos amantes del misterio, el terror y lo oculto a mi pequeño rinconcito de Internet. Esta semana habéis decidido pasar de ser exploradores y volver a adentrarnos en el mundo de las cosas truculentas, más concretamente en el de los crímenes. Nadie quiere ser la víctima de un crimen y menos aún de un crimen truculento. En esta ocasión no vamos a hablar de asesinatos (no todo en esta vida es gente muerta, ¿sabéis?), pero lo que os voy a contar a continuación es algo cercano a la muerte en vida, casi igual de malo.

En enero de 2018 una adolescente de 17 años llamó al 911, el teléfono de emergencias de EEUU. Se llamaba Jordan Turpin y en la llamada le explicó al operador que tanto ella como sus doce hermanos eran constantemente maltratados por sus padres, que no les permitían salir a la calle y que vivían en condiciones espantosas, sin apenas comida y teniendo que vivir entre sus propios excrementos. Cuando la policía se presentó para comprobar las declaraciones de Jordan, sus padres, David y Louise, se quedaron pasmados de que la policía estuviese en su casa. No os dejéis engañar por esta actitud inocente. Estaban pasmados porque ellos no creían que hubiesen hecho nada malo, pero lo habían hecho. Vaya que si lo habían hecho. En casa de los Turpin estaban los otros doce hijos. La más mayor tenía 29 años y pesaba apenas 37 kilos. Todos ellos parecían mucho más jóvenes debido a la malnutrición y la falta de cuidados.

¿Pero Sheila, os estaréis preguntando, si esa chica tenía 29 años, por qué estaba allí? ¿No podía, simplemente, haberse ido por la puerta? Pues ahí es donde viene lo truculento (por si os parecía poco) de la historia, amigos míos.

Rebobinemos.

David y Louise Turpin son un matrimonio oriundo de Virginia, EEUU. Ambos se conocieron jóvenes, durante los felices años ochenta, y según se cuenta, David se sintió por primera vez atraído a Louise cuando ella tenía diez años y el diecisiete, lo cual  en mi opinión ya es una forma mala de empezar esta historia. La cosa es que cuando ella tenía quince años y él veintidós, empezaron formalmente a salir. Louise había sufrido abusos sexuales por parte de un familiar durante años y estaba deseando irse de su casa, tanto así que un año después ambos se casaron. Ambos se mudaron a Texas, donde David trabajaba de ingeniero. En 1990 tuvieron su primera hija, pero en los próximos diez años tendrían cinco más.

¿Y por qué tantos hijos? Pues por creencias religiosas, mayormente. David y Louise eran cristianos pentecostales y creían que había que tener tantos hijos como Dios te diese. Si Dios quería que tuvieses veinte hijos, pues los tenías y punto.

En 1992, los Turpin tuvieron que declararse insolventes a pesar de que David tenía un salario que ya quisiéramos otros. Estaban hasta las cejas de deudas y, si creéis que es por tener tantos hijos, no podríais estar más equivocados. Los críos estaban controladísimos y vivían una vida de austeridad que ni España en la crisis del 2008. Por ejemplo, tenían que pedir permiso para ir al baño y hasta para lavarse las manos. David y Louise no permitían a los niños bañarse más de una vez al año o cambiarse de ropa. Aquí los niños todavía iban al colegio, bueno, más bien la niña, porque solo la mayor podía ir a la escuela. Y cabe decir que no lo pasaba nada bien, por cierto. Los otros niños se reían de ella porque olía mal, era rara y llevaba todos los días la misma ropa mugrosa.

En 1999, los Turpin se mudaron a Rio Vista, un pueblo de Texas. El maltrato se fue incrementando gradualmente, al haberse mudado a un pueblo mucho más aislado. Para entonces los niños ya eran siete, pero aumentarían hasta ser trece. Claro, imagínate tener que criar a trece niños. Al parecer ni a David ni a Louise les hacía mucha gracia tener que hacerles caso, alimentarles, ni nada que se le pareciese. Cada vez que tenían un bebé nuevo, lo cuidaban y le hacían caso, pero en cuanto nacía otro pasaban de él junto con los demás. Para entonces, una de sus costumbres era atarlos a las camas con cadenas, donde los pobres niños no tenían otra opción que hacerse todas sus necesidades encima y permanecer así a veces durante días. Solo eran alimentados una vez al día (para no gastar, supongo); lo estrictamente necesario para no morirse pero totalmente insuficiente para poder crecer con normalidad. Lo de la escuela había pasado a mejor vida. Ninguno de los niños Turpin había pisado un aula (a excepción de la mayor) y tampoco se les enseñaba en casa. La mayoría de ellos no sabía leer, escribir y mucho menos hacer operaciones matemáticas básicas.

Llegó un punto en que la casa se les quedó pequeña y, en vez de mudarse a una casa más grande, David y Louise compraron una casa de esas móviles y la plantaron en el jardín. Se mudaron al tráiler y dejaron la otra abandonada y hecha una mierda. Por cierto, puede que no lo haya comentado, pero cuando vendieron la anterior casa, los nuevos propietarios se quedaron horrorizados. Era un auténtico vertedero, con olor a orines, animales muertos, ratas y manchas de heces en las paredes incluidas. Se ve que lo de limpiar no era una costumbre familiar y era mejor comprarse una casa nueva que pasar la mopa.

Por esta época, David decidió que lo de encadenar a los niños a las camas no era suficiente: había que tomar medidas drásticas. Construyó una jaula tamaño niño, de un metro y medio cuadrado de superficie, donde los encerraba si se portaban mal. Si el niño seguía siendo traviesillo, lo sacaban de la celda de niños y lo metían en una jaula para perros. Los castigos físicos, que habían empezado nada más moverse a Rio Vista y consistían en cosas como golpearles con palos de madera o la hebilla del cinturón, se recrudecieron.

En 2006, los Turpin ya ni disimulaban que sus hijos les importaban cero. Alquilaron un pisito y se fueron con las dos más pequeñas, dejando al resto encerrados en la casa antigua. Supongo que ya estaba demasiado sucia y no era plan de limpiar. Y que conste, no se mudaron al lado, sino a 64 kilómetros. David se pasaba cada dos días para soltarles comida congelada y comprobar que los dos hermanos mayores hacían que sus reglas con respecto a las jaulas se cumplieran. Y, evidentemente, ninguno intentaba huir. ¿Por qué? No conocían otra cosa. Para ellos eso era lo normal, no tenían ni idea de cómo era el mundo exterior, de qué hacer, con quién hablar… Es casi como el mito de la caverna de Platón. Sus padres les habían inutilizado y metido miedo hasta cotas insospechadas y no sabían funcionar fuera de esa casa y ese ambiente.

Algunos de estos «niños» son adultos malnutridos…

En 2010, la familia se mudó a California del Sur. Resulta que Louise pensaba que su familia era digna de aparecer en la tele, como los Kardashian, y estar cerca de Hollywood era el primer paso. En realidad, la pareja estaba un poco cegada con la vida celebrity. Todos los años se iban a Las Vegas a que un imitador de Elvis les volviese a casar y eran adictos a las apuestas. También eran swingers y hacían intercambios de parejas, lo cual me parece muy hipócrita. Para tener ochocientos hijos si eran religiosos, pero para frunjirse esposos/as ajenos no. Ajam.

En 2011 tuvieron que volver a declararse insolventes. El maltrato continuó. Como aquí no tenían las jaulas (las debieron dejar en la casa anterior) volvieron a atarles a la cama, durante días, semanas y meses. David incluso intentó abusar sexualmente de una de las niñas, pero no lo hizo porque justo le pilló su mujer.

Y así hasta 2018 cuando Jordan y otra de sus hermanas (que no consiguió reunir el valor suficiente y decidió volver a casa), consiguieron escaparse a través de una ventana. Anteriormente, la hija mayor había conseguido escapar y parar a un coche. Como ya he dicho, no tenían ni idea de cómo funcionaba el mundo exterior y no le quedó otra que llamar a su madre y volver. Jordan había conseguido hacerse con un teléfono móvil viejo que, aunque no podía llamar a otras personas, sí podía llamar a emergencias. La policía vino y, al ver el estado de la casa y los niños, detuvo a los Turpin y los hijos fueron llevados al hospital.

David y Louise fueron juzgados y condenados a cadena perpetua. Durante el juicio lloriquearon diciendo que querían mucho a sus hijos, que solo querían lo mejor para ellos, que lo sentían si habían hecho algo malo… Bla, bla, bla. Evidentemente, por mucho que llorasen, los Turpin sabían que el resto de gente no iba a ver lo que hacían con buenos ojos. Por algo habían prohibido a los niños decirle su nombre a otras personas y les obligaban a dormir por el día y estar despiertos por la noche, para que no les vieran. Por suerte nadie se lo tragó; ellos fueron condenados y sus hijos fueron puestos a tutela del estado. Algunos han conseguido incluso sacarse el título universitario.

Creo que lo que más me sorprende del caso no es toda la tortura, miseria y maltrato. Es el hecho de que, en todos los sitios en los que estuvieron viviendo, nadie nunca los denunció, a pesar de que era más que evidente que no cuidaban de sus hijos. Es algo que por desgracia es muy habitual, el no meterse en cómo el vecino cría a sus hijos ni aunque los tenga encerrados en jaulas.

Aquí Sheila, reportando para todos vosotros las historias más increíbles, los fenómenos más extraños y las cosas que nadie quiere que sepáis.

Cambio y corto.

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