Bienvenidos una vez más, queridos amantes del misterio, el terror y lo oculto a mi pequeño rinconcito de Internet. Espero que después de este largo período de ausencia me hayáis echado de menos, la verdad. Yo sé que os he echado de menos, pero por desgracia, mi endeble salud me ha impedido traeros sucesos truculentos. Por suerte ya estoy mejor y va siendo hora de remediar esta aguda falta de historias interesantes.

En el artículo de hoy vamos a hablar de un suceso relativamente reciente, acontecido en Georgia y al que muy apropiadamente se ha dado por llamar el Accidente Radiológico de Lia.  Corría el 2 de diciembre de 2001 en la región georgiana (no tengo ni puñetera idea de cuál es el gentilicio de Georgia, así que daremos por hecho que es georgiano/a) de la presa de Inguri, cuando tres hombres de la ciudad de Lia se desplazaron a un bosque de la zona para abastecerse de leña. En invierno hace un frío que pela en Georgia, y Lia está a unos 40 o 50 kilómetros de ese bosque. Para que os hagáis una idea, estos pobres señores habían tenido que moverse todo ese trayecto solo para coger leña, mientras que vosotros os quejáis si tenéis que esperar diez minutos al metro. La vida está muy mal repartida, pero ese no es el tema, el tema es que este paseo solo era el preámbulo de lo que les iba a suceder, una ordalía que, sinceramente, no le deseo a nadie.

Estaban andando por el bosque, probablemente recogiendo ramitas de abedul y movidas así, cuando de repente se encontraron con dos cilindros de metal. Uh, Sheila, ya ves tú, se encontraron basura en el monte, menuda cosa, estaréis pensando. Lo primero, callaos y dejadme contar la historia, leñe. Lo segundo, estos cilindros no eran desperdicios sin más. Eran unos chismes misteriosos porque emitían calor. La nieve estaba fundida en un metro a la redonda y hasta soltaban humillo, probablemente vapor. Uno de los hombres se acercó a golisnear y cogió uno, pero tuvo que soltarlo al instante de lo caliente que estaba. Los hombres se quedaron maravillados y, como empezaba a caer la noche, decidieron llevárselos y usarlos para calentarse. Craso error.

Fue una idea terrible. Terrible en el mal sentido.

Aquí es cuando os doy un consejo: si os encontráis un objeto que emite calor como por arte de magia, salid corriendo en dirección contraria y, sobre todo, no lo toquéis. Esto quizá os sorprenda pero el incidente no se llama “accidente radiológico” por nada. Esos cilindros eran, efectivamente, radioactivos.

¿Y qué hacían unos trastos radioactivos tirados así, como si nada, en medio del bosque? A principios de los años 80 se construyeron varios relés de radio alrededor de la presa de Inguri. Como en la zona no había acceso a la red eléctrica donde enchufarlos, se construyeron ocho generadores termoeléctricos de radioisótopos, o GTRs, para proveerlos de energía. Estos generadores funcionaban a base de estroncio-90 y solo el nombre ya suena tóxico. No obstante, con la separación de Georgia de la URSS, las obras de la presa pararon y los GTRs se dejaron por ahí abandonados a la buena de Dios. Hasta la fecha se han encontrado seis, lo que quiere decir que dos todavía andan por ahí perdidos.

Pero claro, estos pobres señores no tenían ni idea de qué narices eran aquellos tubos metálicos. Lo que sí sabían era que emitían calorcito y que se estaba haciendo de noche, así que encendieron una hoguera y se dispusieron a pasar la noche entre las llamas y los GTRs. En un momento dado, decidieron tomarse unos chupitos de vodka, pero en seguida empezaron a sentirse mal. Esto ya era alarmante de por sí, porque siendo eslavos es difícil que unos traguitos de vodka les hicieran sentirse así. Empezaron a sentirse ligeramente mareados, pero pronto empezaron a vomitar como aspersores y no cesaron de hacerlo durante la noche.

Por desgracia para ellos, estaban sufriendo las primeras fases de lo que en medicina se llama síndrome de irradiación aguda. Intoxicación radioactiva, para el resto de los mortales. A la mañana siguiente apenas fueron capaces de volver a Lia. Estaban agotados, no podían con su vida. Y a partir de aquí todo fue a peor.

En la prensa se llamó a los tres hombres A, B y C para proteger su intimidad. Yo les llamaré Fernando, Rodrigo y Paco, para vuestra comodidad. Para cuando llegaron a sus casas, se encontraban mejor pero no iba a durar. Al día siguiente, Paco comenzó a tener diarrea y picores extremos por todo el cuerpo. Fue al médico, donde le dijeron que lo más probable es que fuera una intoxicación etílica, cosa que no me sorprende, porque lo último que esperas cuando alguien te llega a la consulta es que haya pasado la noche junto a generadores radioactivos. Así que le dieron unas cuantas medicaciones y todo pareció mejorar hasta que el 10 de diciembre volvieron los picores, especialmente en la mano derecha. Paco era quien había llevado los cilindros hasta la zona de acampada, así que la radiación había afectado severamente a su mano. No podía doblarla y la piel había empezado a caerse. Tan solo unos días después, Fernando y Rodrigo comenzaron a padecer síntomas similares, en esta ocasión en la espalda. Ellos, al contrario que Paco que había preferido sentarse junto al fuego, habían acampado con la espalda prácticamente pegada al generador.

Fue entonces cuando decidieron que quizá iba siendo hora de comentarles a los médicos que habían pasado la noche junto a unos cilindros misteriosamente calentitos. Ya con esta información en la mano, fueron diagnosticados correctamente. Paco se curó rápidamente y fue dado de alta. Fernado y Rodrigo, por el contrario, tuvieron que ser trasladados a instalaciones especializadas, ya que su condición no hacía más que empeorar. Tenían la espalda despellejada y en carne viva, el sistema inmune debilitado y padecían dolores constantes. La carne de la espalda se les iba cayendo poco a poco y la única forma de tratarla era adelantarse a la radiación y cortarla.

Al cabo de casi dos años y seis operaciones de espalda  (para cortar carne, recordemos), Rodrigo fue dado de alta y enviado a su casa. Fernando no tuvo tanta suerte. Para empezar, cuando llegó al hospital tenía tuberculosis y no pudieron quitarle la carne radioactiva de la espalda hasta que se le tratase. Esto a su vez hizo que la radiación penetrase más y más en su caja torácica. Por mucho que cortasen, no conseguían pararla y llegó un punto en que no había más que quitar… Intentaron hacerle injertos, pero no funcionó. Pasó más de un año con heridas abiertas que no cerraban por mucho que se intentasen curar. Empezaron a superar y llegó la necrosis, hasta que los órganos de su cuerpo empezaron a fallar. Fernando falleció de un ataque al corazón 893 días después de ser ingresado. Casi tres años de agonía.

Aquí Sheila, reportando para todos vosotros las historias más increíbles, los fenómenos más extraños y las cosas que nadie quiere que sepáis.

Cambio y corto.