Un saludo desde el lugar más recóndito y oscuro de la tierra. Hoy vuelvo a visitar este rincón de internet para hablaros de un sueño, aunque tal vez, sería más apropiado decir que se trata de una fantasía. Desde que el mundo es mundo, a la humanidad le ha gustado meterse en cuevas, decorarlas con pinturas de bisontes y de extraterrestres (o al menos lo que nosotros interpretamos como extraterrestres), y todo esto ¿por qué? Es algo para lo que todavía no tengo respuesta, sin embargo, he puesto a mis mejores neuronas a trabajar en ello.

Ya Jules Verne sintió ese picorcillo detrás de la nuca, ese deseo de explorar el interior de la Tierra y lo plasmó en la archiconocida «Viaje al centro de la Tierra». Años más tarde,  americanos y soviéticos, que no querían ser menos que nadie, debieron pensar que si no encontraban la entrada que llevaba al centro de la Tierra, ya se hacían ellos una. Así comenzó la maravillosa y real historia de la carrera hacia el centro de la Tierra.

Como no podía ser de otra forma, en los años cincuenta, a las dos superpotencias del planeta les dio por enfrentarse. Ya se estaban dando tortas por la conquista del espacio, por acumular más armamento, por influir en más países, pero eso solo eran juegos de niños. Había que subir la apuesta. Y como si de un par de adolescentes se tratase dijeron: a qué no hay huevos de excavar un agujero de cincuenta kilómetros de profundidad.

En 1958, Estados Unidos inició el Proyecto Mohole. La excavación se realizó cerca de Guadalupe (México), en aguas del océano Pacífico. El programa pronto se quedó sin financiación y solo alcanzó la pírrica cifra de 182 metros de profundidad, aunque esto tiene un truco, hay que sumar los metros de agua que había hasta llegar al lecho marino.

 La contraofensiva soviética fue el proyecto Kola Superdeep Borehole, que consistía en excavar varios agujeros en la península de Kola que se realizaron durante dos décadas. Kola Superdeep Borehole es en realidad un agujero principal el cual se ramifica otros más pequeños. Uno de ellos terminó por convertirse en el más profundo del mundo y se conoce como Kola Superdeep Borehole SG-3. Desde 1970 que comenzó a excavarse hasta 1989 alcanzó una profundidad de 12.262 metros desde la superficie terrestre hasta su punto más profundo.

La contraofensiva estadounidense llegó en 1974. La empresa estadounidense Lone Star Producing Company se encontraba realizando diversas perforaciones en busca de petróleo en el condado de Washita, al oeste de Oklahoma, cuando creó el Pozo Bertha Rogers, que llegó a más de 9,5 kilómetros bajo la superficie terrestre. Durante cinco años ostentó el récord de agujero más profundo del planeta.

En 1979 el pozo americano fue superado por el Kola, que durante los años 80 siguió avanzando hasta los 12 kilómetros de profundidad. Llegado ese punto, la excavación tuvo que detenerse debido a las altas temperaturas que literalmente fundían la maquinaria. Al poco tiempo llegó la caída de la Unión Soviética y como otras muchas cosas, el Kola fue abandonado.

Y así es como se creó otro de los paraísos turísticos de la ex Unión Soviética.

Idílico paisaje cercano a la excavación.

Pero Kola no es solo una península perforada hasta las puertas del infierno. Allí también podremos disfrutar de otros lugares post-soviéticos. La península esta surcada por el río Kola (aquí pecaron de originalidad), el cual desemboca en el mar de Barents, un lugar tan frío como idóneo para crear un cementerio de submarinos. Después de desmantelarlos, la marina rusa envía aquí todo tipo de sumergibles, tanto diésel como nucleares.

La mayor potencia mundial en fabricación de submarinos de propulsión atómica fue la Unión Soviética, llegando a construir más naves de esta clase que todas las demás naciones juntas. A mediados de la década de 1990, Rusia contaba con 245 submarinos de este tipo. Dado que la vida media de estos ingenios se sitúa entre los 20 y los 30 años, estaba cantado que unos cuantos deben de estar por ahí oxidándose.

Desde los años 70, uno de esos lugares fue Gadzhiyevo, un lugar situado cerca de la base naval rusa de Olenya Bay. Algunos fueron usados como blancos en las prácticas de la marina y otros, sencillamente, abandonados en las calas de la zona. Siento comunicaros que el único modo de visitar el lugar es conseguir un pase de seguridad, aunque creo que es mejor disfrutar con las fotografías. La zona es probable que esté muy contaminada por los residuos químicos y nucleares de los submarinos.

Espero que hayáis disfrutado de los desastres post-soviéticos de hoy.

C.G. Demian es escritor de novela y ha participado en varias antologías. Además de eso, tiene un maravilloso (y truculento) sentido del humor. Podéis saber más de él en su página web o seguirle en su perfil de twitter.