TWILIGHT SLEEP: PARTOS CON BURUNDANGA EN PLENO SIGLO XX

Bienvenidos una vez más, queridos amantes del misterio, el terror y lo oculto a mi pequeño rinconcito de Internet. Volvemos una semana más y está vez con un tema especial para las señoritas: los partos de sueño crepuscular. A ver, levantad la mano todos los que hayáis dado a luz a un bebé, dos o más. Y no, estar estreñido durante una semana no cuenta como embarazo. Bueno, yo no lo he estado, pero algún día quizá, puede, tal vez lo esté y la perspectiva que me pintan las que ya lo han pasado es… pues un poco horrible, la verdad. Que si el peor dolor de tu vida, que si ponte epidural sí o sí, que si preferiría que me arrancasen un brazo a mordiscos mientras el otro se me cae por la lepra… Tal vez fue por esto que en Alemania tuvieron una idea, pues yo diría que casi luminosa: hinchar a drogas a las parturientas. A esto se le llamaba Twilight Sleep (Sueño Crepuscular in English) y de eso mismo vamos a hablar hoy.

Hay dos verdades inmutables en este mundo y están estrechamente relacionadas. La primera es que dar a luz duele que te cagas. La segunda es que los alemanes son unos pioneros de la medicina experimental (y si no, que se lo cuenten a Mengele). En este artículo veréis por qué ambas afirmaciones están estrechamente relacionadas.

En el siglo XIX (recordemos, el mejor siglo de la historia), lo de cagar bebés seguía siendo una ordalía. Si parías no solo os podíais morir tú y el bebé, sino que, incluso en el hipotético caso de que sobrevivieses, lo harías a base de mucho sufrimiento. Las mujeres clamaban al cielo por una mejora de su situación en este campo ya que la medicina había avanzado mucho, pero los médicos de la época estaban como: meh. En 1899 se comenzó a usar hioscina combinada con morfina como anestesia para las operaciones y en 1903 un par de científicos alemanes llamados Carl Gauss y Bernhardt Kronig dijeron: ¿Oye y si lo usamos también en las parturientas? Y como en esa época la ética médica estaba literalmente por los suelos, pues se empezó a usar, o más bien a experimentar con embarazadas, porque las dosis y los ingredientes variaban según quien te lo pinchase. Lo llamaron  Dammerschlaf, Sueño Crepuscular en alemán y ahora veréis el porqué.

Hasta aquí uno puede decir, ¿bueno y qué tiene esto de malo? Las mujeres sufrían durante los partos y esto ayudaba a que no lo hicieran. ¿Todo correcto, no? A ver, no. Ya deberíais saber que cuando hago esta pregunta es porque no hay nada correcto en todo esto. Los que controléis un poco de medicina o sustancias en general os habréis quedado un poco con la mandíbula descolocada al ver que he mencionado una sustancia en concreto: la morfina. La morfina, para quien no lo sepa, es un opiáceo (vamos una droga derivaba del opio) asquerosamente potente y, además, adictivo. La hioscina quizá no os suene tanto, pero si la llamo burundanga… ¿A que ahora sí os suena? Exactamente, estamos hablando de que para parir te daban burundanga mezclada con morfina.

Y encima ni siquiera era una anestesia efectiva. No es que las mujeres no sintieran dolor, es que se dormían y se levantaban sin recordar nada del parto, dolores incluidos, pero esto no quería decir que no les hubiese dolido. De hecho, sus gritos durante el parto atestiguaban lo contrario. La morfina era el menor de los ingredientes en la mezcla y era insuficiente para prevenir los dolores.

La clave de todo este mejunje era la burundanga, que hacía que las mujeres perdiesen sus inhibiciones y, en combinación con la morfina, podía incluso inducir estados de psicosis en las parturientas. Se ponían violentas, clavándose las uñas, golpeándose la cabeza contra las paredes… Incluso podían llegar a agredir al personal en medio de gritos desaforados. Para evitarlo eran metidas en una especie de “cunas de parto”, donde eran atadas de pies y manos y se les rodeaba la cabeza con toallas para prevenir cualquier autolesión. Y ahí las dejaban rebozándose en su propio vómito y sus heces hasta que parían, o más bien les sacaban los hijos con fórceps, unas tenazas que se introducían por ahí abajo para agarrar al niño y sacarlo, ya que su estado impedía que pudiesen empujar con cada contracción. Una maravilla que solo empeoraba cuando la paciente despertaba, se le traía al bebé y ni siquiera lo reconocía como suyo, porque no tenía recuerdo de haber dado a luz.

Y, evidentemente, no solo afectaba a las mujeres sino a los hijos que estaban pariendo. La mayoría de sustancias que consume una embarazada pueden atravesar la placenta y llegar al bebé, y si esas sustancias son drogas altamente potentes ya ni te cuento. Muchos nacieron con daños al sistema neurológico y la mayoría necesitaban ser resucitados nada más nacer. De hecho, ¿sabéis la mítica imagen del médico cogiendo al bebé de las piernas y azotándolo para que llore para ver si está vivo? Pues de aquí viene la movida.

A pesar de que todo esto parece una historia digna de relato de terror, el Twilight Sleep se popularizó enseguida, especialmente en Nueva York donde las mujeres comenzaron a exigir el derecho de dar a luz de esta manera. La movida era que en Alemania los doctores personalizaban las dosis, haciendo tests a la paciente cada poco y ajustando la dosis, mientras que en EEUU, ante el aumento de la demanda, los médicos decidieron dar la misma dosis a todas las mujeres y quitarse de encima ese rollazo de tener que estar comprobando cada 30 minutos si estaba bien.

¿Y cómo cayó en desgracia todo esto? Porque es evidente que ya no se tienen hijos así. Una de las principales defensoras de este proceso murió dando a luz después de que le metieran el cóctel milagroso en vena, y aunque tanto el médico como su marido negaron que hubiese tenido NADA que ver, la popularidad decayó porque nadie quiere morirse. Esto no quiere decir que dejase de usarse, simplemente que se volvió menos cool. Solo los numerosos testimonios de las mujeres a lo largo del tiempo, contando sus experiencias de delirio y autolesión, consiguieron que la cosa cayese en desgracia…  en 1970, como 70 años después de que empezase. Si os preguntáis cómo las mujeres contaban su experiencia si no la recordaban, os lo aclaro enseguida: con el tiempo empezaban a tener flashbacks totalmente terorríficos en los que recordaban partes del proceso. Probablemente, el hecho de que la epidural fuese sacada al mercado en esos años y que se permitiese por primera vez que el padre entrase a la sala de partos tuvo algo que ver.

Si queréis leer más sobre este tema aquí tenéis el link a un libro de la época sobre el uso de estas sustancias como anestesia.

Aquí Sheila, reportando para todos vosotros las historias más increíbles, los fenómenos más extraños y las cosas que nadie quiere que sepáis.

Cambio y corto.

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