Bienvenidos una vez más, queridos amantes del misterio, el terror y lo oculto a mi pequeño rinconcito de Internet. En la última encuesta decidisteis que era hora de volver a los experimentos macabros y como vosotros ordenáis y yo obedezco, aquí están. Hoy os traigo solo tres experimentos, pero bastante jugosos, sobre todo para aquellos apasionados de la medicina y para mis lectoras, en femenino. Así que id a comprar penicilina a la farmacia más cercana y contratad un seguro de vida por si acaso, porque nos vamos de cabeza a las profundidades de la medicina irregular.

Experimentos ginecológicos en esclavas

En el s. XIX, en EEUU, un buen hombre llamado James Marion Sims se dedicó a practicar tratamientos ginecológicos, digamos un tanto experimentales, en las esclavas, lo que le ha convertido en una de las figuras más controvertidas de esta rama de la medicina.

En cuanto terminó sus estudios de medicina en 1837, se mudó a Alabama junto a su mujer para ejercer en las plantaciones, que empleaban a sus propios médicos. En un principio, se dedicó con especial ahínco a curar pies zambos, labios leporinos y ojos bizcos, pero pronto su interés derivó a la medicina de carácter más femenino. Lo que produjo el cambio fue una esclava que acudió al hospital que Sims había construido para tratar a sus esclavos. Tenía una afección que él no había visto nunca y, teniendo en cuenta que había estado tratando a esclavos en condiciones no necesariamente idóneas, tenía que haber visto mucho. Esta enfermedad misteriosa era una fístula vesicovaginal. ¿Qué es eso? Preparaos, sobre todo las portadoras de aparato reproductor femenino, porque os va a doler solo de pensarlo. Una fístula vesicovaginal es una especie de fuga de la vejiga a la vagina, lo cual hace que orines por la vagina. Todo muy agradable y probablemente doloroso.

 Aunque Sims no lo había visto nunca, el ratio de esclavas que lo tenían era alto y las consiguientes pérdidas de orina las convertían en poco más que unas parias. Quiero decir más parias aún, evidentemente. Sims buscó esclavas a las que operar. Estas operaciones eran sin anestesia y no solo porque la anestesia fuese un invento de hace dos días (ni siquiera estaba aceptado por los médicos), sino porque, según sus propias palabras “la operación no era tan dolorosa como para anestesiar”. Esto puede parecer horrible, pero recordemos que por aquel entonces se apuntaba miembros enteros con poco más que una botella de whisky y un palo entre los dientes. Sus experimentos por fin dieron resultado cuando consiguió curar a una de las esclavas, Anarcha, después de apenas treinta operaciones. Una nimiedad vamos.

Cuadro de J.M Sims pintado por Marshal Bouldin III

Sims siempre defendió (aunque no creo que a nadie le importase demasiado en su momento), que las esclavas habían dado su consentimiento. Es muy probable que muchas lo hicieran por miedo, pero no es descabellado pensar que otras tantas aceptasen buscando curarse y librarse de dolores y estigma social.

Así que, señoritas, si algún día tenéis una fístula de este tipo, recordad a Sims y a Anarcha y sus treinta operaciones.

El caso de Emma Eckstein

El caso de Emma Eckstein figura en mis libros como el motivo por el cual nunca, jamás de los jamases, habría querido ser paciente de Sigmund Freud, hombre al que odio con pasión por motivos que no vienen al caso. Emma recurrió a Freud por unos dolores de estómago leves y unas hemorragias nasales persistentes, cosas que le pueden pasar a cualquiera en cualquier día del año y no requieren del tratamiento de un psicoanalista tarado. Freud la estuvo tratando durante tres años y muchas de sus teorías provienen del estudio del caso de Emma Eckstein, a la que diagnosticó con histeria. Sigmund consideraba también que la señorita Eckstein se masturbaba demasiado y ya sabéis que la masturbación te deja ciego o cosas peores. Curiosamente, Emma estaba encantada con el psicoanálisis de su terapeuta y contribuyó enérgicamente. Esto es, hasta que entró en juego la figura de Wilhelm Fliess, aclamado otorrinolaringólogo, firme defensor de la bisexualidad universal y muy admirado por Freud, quizá precisamente por lo de la bisexualidad… o no, yo qué sé.

Nunca te fíes de este hombre. Alberga intenciones perniciosas.

Fliess tenía unas teorías que hoy son consideradas pseudociencia y dignas de gorrito de papel de plata. También aplicaba cocaína a los tabiques nasales de sus pacientes a modo de anestesia porque, como hemos visto en otro artículo, la cocaína y la heroína lo curan todo. Una de estas teorías era que los problemas sexuales estaban ligados a la nariz y claro, fue enterarse y Freud le llamó para que operase a su paciente. Y la operó, de forma experimental. Muy experimental. El procedimiento quirúrgico consistía en removerle una de las conchas nasales, cuyas funciones entre otras, son las de filtrar el aire y humedecerlo. ¿Qué tiene todo esto que ver con dolores de estómago o masturbaciones excesivas? Nada, pero Fliess estaba la mar de convencido. También le puso algo de cocaína a Freud en la nariz por unas palpitaciones, así que mientras a Emma le estaban crujiendo la nariz, Freud estaba al lado colocadísimo.

Ni de este, tampoco te fíes de este.

Los problemas vinieron en el postoperatorio. Mientras Fliess estaba en Viena, Emma empezó a sentirse mal. Tenía hemorragias nasales, así como descargas malolientes. Sigmund Freud escribió a Fliess para comunicarle que, y traduzco literalmente:

“Rosanes (otro médico) limpió el área que rodeaba la apertura, quitó unos coágulos de sangre pegajosos, y de repente tiró de algo que parecía un hilo, y siguió tirando. Antes que ninguno de los dos tuviese tiempo de pensar, al menos medio metro de gasa había sido retirado de la cavidad. Al momento manó un chorro de sangre. La paciente se puso blanca, sus ojos se abultaron y no tenía pulso. Inmediatamente después, sin embargo, Rosanes taponó la cavidad con gasa yodoforme  y la hemorragia paró. Duró alrededor de medio minuto, pero fue suficiente para hacer que la pobre criatura, quien para entonces estaba inconsciente, resultase irreconocible… Me sentí enfermo. Después de que se la despachase, me fui volando a la habitación continua, me bebí una botella de agua y me sentí miserable. Mi mujer me trajo un pequeño vaso de coñac y entonces volví a ser yo mismo”.

Así que ya  veis, el crack de la otorrinolaringología, el de la cocaína anestésica y los problemas sexuales nasales, se había dejado medio metro de gasa dentro. Sorprendente, ¿verdad? Todo esto me lleva a preguntarme cómo cabe medio metro de gasa en una cavidad nasal. No lo sé, pero veo un poco difícil embutirle a alguien eso en el cráneo y no darse cuenta.

Pero ahí no habían terminado los horrores de la pobre mujer. Un mes después le quitaron parte de la gasa yodoforme y comenzó a desangrarse. Por suerte, con morfina y tratamiento continuo, Emma consiguió recuperarse. Durante este tiempo Fliess mandó constantes consejos desde Viena y, con muy buen juicio, los médicos de Eckstein decidieron que era mejor pasarse por el arco del triunfo los consejos de un tío que se deja medio metro de gasa en el cráneo de una mujer.

El experimento Tuskegee

Volvemos a Alabama, donde el sol brilla y la gente de raza negra es usada para experimentos no necesariamente consentidos. Entre 1932 y 1972, el Servicio de Salud Pública de EEUU (quedaros con este dato) decidió que los tratamientos para la sífilis eran demasiado agresivos (que lo eran) e iba siendo hora de ponerle remedio. Había que averiguar si realmente compensaba usar aquellos métodos, teniendo en cuenta lo tóxicos que eran. Esta era una pregunta bastante estúpida si tenemos en cuenta que no tratar la sífilis lleva a la muerte y, lo que es peor, que se te caiga la cara a trozos.

Para poder llevar este estudio a cabo, el Servicio Público de Salud (¿he dicho ya que era público?) reclutó a seiscientos aparceros negros ofreciéndoles algo que ningún trabajador pobre puede rechazar: asistencia médica gratuita. De estos aparceros, 399 tenían estados de sífilis latente y el resto actuaban como grupo de control. El SPS no solo no informó a los hombres del diagnóstico, sino que en vez de darles tratamiento, les recetaron placebos para ver cómo se desarrollaba la enfermedad cuando se dejaba sin tratar. Incluso cuando en 1947 se descubrió que la penicilina curaba la sífilis y muchos de ellos ya sabían lo que padecían, se les animó a no tratarse con ella.

Llegados a un punto en el que se conocía el tratamiento adecuado, evidentemente se cortaron los fondos para este experimento. Esto no detuvo a algunos de los médicos implicados, que siguieron monitorizando a sus conejillos de indias para ver qué les pasaba. Todo por la ciencia, supongo.

“¿Y dice que esto es gratis?”
“Totalmente gratis”.

¿Qué os ha parecido? La moraleja de todo esto se resume en una muy simple: no te fíes de nada que sea gratis. Y tampoco de nada que tenga que ver con Freud. Freud es el mal.

Aquí Sheila, reportando para todos vosotros las historias más increíbles, los fenómenos más extraños y las cosas que nadie quiere que sepáis.

Cambio y corto.