Bienvenidos una vez más, queridos amantes del misterio, el terror y lo oculto a mi pequeño rinconcito de Internet. Esta vez habéis decidido volver al macabro mundo de los asesinos en serie y, aunque en un principio iba a hacer de Gilles de Rais, al final me he decidido por una de las niñas bonitas del panteón de los asesinatos. Vigilad bien vuestras bebidas, porque hoy nos sumergimos en la vida y crímenes de Jeffrey Dahmer.

Jeffrey Lionel Dahmer, el archiconocido “carnicero de Milwaukee” o “caníbal de Milwaukee” nació en 1960 en Ohio, Estados Unidos, en una familia de clase media sin aparentes problemas. De hecho, fue un niño activo y alegre hasta que, con cuatro años, tuvo que ser operado de una doble hernia. Esta operación, por algún motivo, afectó al joven Dahmer y lo volvió taciturno. Su actitud retraída empeoró después del nacimiento de su hermano pequeño. Pero que un niño sea callado no equivale a “futuro asesino en serie”. No como su afición a los animales muertos. Eso hace sonar todas las alarmas.

Jeffrey empezó coleccionando insectos en botes de cristal, pero pronto pasó a recoger y despedazar cuerpos de animales que habían sido atropellados. Sus padres no se enteraron. A mí me cuesta creer que tu hijo traiga constantemente bolsas llenas de cadáveres espachurrados de animales a casa y no te des cuenta. Sobre todo cuando, en una ocasión, decapitó el cuerpo de un perro y clavó la cabeza del pobre animal en una pica en el jardín. Llamadme loca, pero si mi hijo hiciese algo así me daría cuenta. Una cabeza empalada no es algo que pase desapercibido fácilmente. De hecho, Jeffrey sacó el tema alguna vez, pero su padre (que era químico) lo confundió con sana curiosidad científica y le enseñó unos cuantos trucos dignos de Breaking Bad, como por ejemplo preservar huesos en lejía.

Así que, en cuanto a la ignorancia de los padres… pulsa X para dudar.

Jeffrey Dahmer de pequeño. Toda una dulzura.

Pero la vida del joven Dahmer no comenzó a degenerar de verdad hasta la adolescencia. Con tan solo catorce años comenzó a beber y a tener fantasías sexuales perversas que giraban en torno al asesinato y la necrofilia, no necesariamente en este orden. Una de estas fantasías recurrentes consistía en recoger a un autoestopista, llevarlo a casa y dominarlo completamente, someterlo por así decirlo. Esta fantasía pronto tuvo su oportunidad de verse realizada.

En 1978, tres semanas después de graduarse en el instituto, Dahmer volvía de la compra cuando se encontró con Steven Hicks, también de 18 años, haciendo autoestop. Puede que vuestros padres os hayan dicho mil veces que no os montéis nunca jamás en el coche de un desconocido, pero en aquella época el autoestopismo no tenía tan mala fama como ahora. Hicks no tuvo problema en subirse al coche de Dahmer e incluso acompañarle hasta la casa familiar, en la que Jeffrey vivía solo. Estuvieron un tiempo bebiendo y de charleta, hasta que Steven empezó a pensar que todo aquello era muy raro y que mejor ahuecaba el ala. Jeffrey no quería que se fuese, así que en vez de recurrir a la persuasión dialéctica, le reventó la cabeza con una pesa de diez libras, unos 4,5 kilos aproximadamente. Y es que, qué mejor forma de hacer que alguien no te abandone que matarlo. Al día siguiente, diseccionó el cuerpo del joven y, usando los trucos de su padre, disolvió la carne y trituró los huesos.

Por cierto, si os preguntáis qué narices hacía viviendo solo a los 18 años, resulta que sus padres acababan de divorciarse. La madre se había ido a Wisconsin, mientras el padre pasaba las noches en un motel. No eran una familia disfuncional, pero tampoco es que optaran a premio de padres del año.

Su primera víctima, Steven Hicks.

Después de que Jeffrey dejase la universidad, su padre empezó a sospechar que su hijo estaba desaprovechando su vida por culpa del alcohol, así que lo enroló en el ejército, con la esperanza de que la dura disciplina militar lo enderezara. Jeffrey pasó sin pena ni gloria por el sistema militar hasta que dos de sus compañeros lo acusaron de violación. En 1981 fue dado de baja con honores debido a sus problemas con el alcohol y volvió a casa. Esto demuestra que aunque el sistema militar estadounidense no funciona en el tema de castigar las violaciones entre soldados, al menos no tolera a los borrachos. Para que luego digan que la justicia no funciona.

La tranquilidad hogareña en casa de los Dahmer no duró. Un año después de su regreso, Jeffrey fue arrestado por conducta desordenada. Su padre, siguiendo lo que por aquel entonces debía ser ya una de sus costumbres, decidió empaquetarle el marrón a otro y mandarlo a casa de su abuela. Como, evidentemente, es poco probable que una viejecita pudiese encarrilarlo más que su propio padre, Jeffrey volvió a ser arrestado primero en 1982 por exposición indecente ante un grupo de 25 mujeres y niños y luego en 1986 cuando dos jóvenes de doce años lo acusaron de masturbarse delante de ellos. Entre medias, Jeffrey empezó a trabajar en una fábrica de chocolate, cuan Willy Wonka de la vida, solo que peor. También comenzó a frecuentar bares y saunas gays, donde drogaba a sus parejas porque si no se movían demasiado y eso le molestaba. De esta forma violó a unos doce hombres antes de que alguien le pillase. Esto no hizo que parase, simplemente decidió que el problema era que ya lo había hecho demasiadas veces en el mismo sitio. Así que, sedantes en mano, mudó su coto de caza a los hoteles.

Entre medias, intentó robar de su tumba el cuerpo de un joven fallecido, pero la cosa no funcionó porque el suelo estaba demasiado duro y tampoco era cuestión de esforzarse tanto.

Lionel Dahmer junto a su hijo en una entrevista, preguntándose qué hizo mal.

En 1987 conoció a Steven Tuomi, su segunda víctima. Jeffrey encandiló al joven Tuomi, de 25 años, para que fuese con él a su habitación en el Ambassador Hotel. En principio solo quería drogarlo y violarlo (porque, si algo son los asesinos en serie, es animales de costumbres) pero cuando despertó al día siguiente, descubrió a Tuomi muerto lleno de moratones. Los brazos de Dahmer estaban llenos de moratones también, pero no recordaba haber hecho eso.

Lo recordase o no, compró una maleta para sacar el cuerpo de Steven del hotel y se lo llevó a casa de su abuela, donde lo tuvo una semana antes de despedazarlo. Imagino que la pobre anciana no llegó a ver nada de todo esto, porque si no habría sido carne de infarto. Dahmer se deshizo de todo el cuerpo excepto de la cabeza, que conservó durante al menos otras dos semanas.

A partir de aquí, Jeffrey se da cuenta de que puede salirse con la suya y comienza a estrangular a sus víctimas después de drogarlas, todo ello, recordemos, en casa de su abuela. También a comérselas en pedacitos. Así murieron dos jóvenes más, hasta que su abuela se hartó de tanto hombre yendo y viniendo y del pestazo que salía del garaje y del sótano. No tardaría mucho en volver a amargarle la vida a la anciana, ya que un año después, tras dos meses en la cárcel por asalto sexual, volvió a vivir con ella.

Su quinta víctima, Anthony Sears, fue la primera que atrajo a Dahmer lo suficiente como para querer conservar permanentemente parte de su cuerpo. Después de trocearlo en la bañera de su abuela, disecó sus genitales y su cabeza en acetona y los guardó en su taquilla del trabajo. Todo un plan sin fisuras.

Fotos de las víctimas de Jeffrey. Tenía preferencia por la gente de color.

Finalmente, Jeffrey se independizó (esta vez de verdad) y comenzó a vivir la vida alocada del asesino en serie que no tiene que compartir piso con una anciana. Con su sexta víctima comenzó a sacar fotos a los cadáveres en poses sugerentes, sus particulares chicas francesas, si queréis verlo así. Durante 1990, Dahmer fue refinando su técnica para conservar restos de sus víctimas, con no mucho éxito, todo hay que decirlo.

Ya en 1991, y varias víctimas después, Jeffrey se encontró con Konerak Sinthasomphone, de 14 años y curiosamente hermano de uno de los chavales que en 1988 le habían acusado, y le ofreció dinero para que posase para él en unas fotos. Aunque Konerak al principio no parecía muy convencido, terminó cediendo. Una vez en su apartamento, Jeffrey lo drogó después de un par de fotos. Esta vez, en vez de matarlo, Dahmer intentó crear una especie de zombi humano. ¿Por qué este cambio de modus operandi? Bueno, tiene cierto sentido, si tenemos en cuenta que tods la forma de operar de Jeffrey Dahmer respondía a su miedo al abandono y a la falta de control. Si controlaba a sus víctimas totalmente, estas no podían abandonarlo. Era por ese motivo por el que conservaba mementos de los hombres que le habían gustado especialmente y por lo que se comía partes: para tenerlos siempre consigo. Es decir, aunque la muerte era un aliciente, no necesariamente era su objetivo si podía conservarlo vivo y en un estado completamente obediente. Para ello, taladró un agujero en el cráneo del adolescente e inyectó ácido hidroclorídrico en su lóbulo frontal.

Jeffrey lo dejó en su habitación junto con el cuerpo de Tony Hughes, a quien había asesinado tres días antes, y se fue a tomar unas cervezas. Cuando volvió, Konerak había salido a la calle y estaba con dos mujeres que habían llamado al teléfono de emergencias. ¿Termina aquí la historia delictiva de Jeffrey? Pues no. No os lo perdáis, porque cuando los policías vinieron, Jeff les dijo que Sinthasomphone era su novio de 19 años y les enseñó las fotos que le había sacado semidesnudo como prueba. Los policías insistieron en registrar su apartamento porque, francamente, apestaba a muerto, pero en una más que evidente acción de poli americano comedonuts, no miraron bien en la habitación y no vieron el otro cadáver. Así que se fueron como si nada.

Al día siguiente, volvió a inyectarle ácido en el cerebro al chaval para continuar con el proceso de zombificación, pero esta vez se lo cargó. Es lo que tiene inyectar ácido en cerebros: no suele salir bien.

Jeffrey en el juzgado, vestido de paisano y escoltado por un policía.

Al final le pillaron porque una de sus víctimas usó el truco más antiguo del mundo: fingir ser su amigo. Tracy Edwards había sido engañado para ir a casa del carnicero de Milwaukee, pero entre las fotos de cuerpos desnudos en las paredes, la peste a cadáver, los botes de ácido en estanterías y la peli de El Exorcista III a todo trapo, Edwards se dio cuenta de que algo no iba bien. Jeffrey le amenazó con un cuchillo, diciéndole que se iba a comer su corazón. Edwards, en un afán comprensible por sobrevivir, le dijo que quería estar con él tomando algo en el salón y Jeff se lo creyó, hasta que su rehén consiguió asestarle un puño en toda la cara y avisar a los policías.

Jeffrey Dahmer se convirtió enseguida en un asesino mediático por lo truculento de su caso. Se le hicieron varias entrevistas, tanto a él como a su padre y su madrastra en la tele. En ellas se puede ver a un hombre frío y más muerto por dentro que sus víctimas por fuera. En serio, si veis alguna de estas entrevistas (están en Youtube) lo primero que salta a la vista es la parsimonia con la que habla, con una voz sin inflexiones y sin sentimiento por nada. En varias ocasiones dice que se arrepiente. ¿Se arrepiente de verdad? Es poco probable. Él mismo reconoce que sabía que lo que hacía estaba mal, pero lo hacía igualmente, todo ello con premeditación y no producto de un impulso violento o psicótico.

Fue declarado apto para presentarse a juicio y sentenciado a cadena perpetua, pero su estancia en prisión no duró mucho. En 1994 fue asesinado junto a otro preso por uno de sus compañeros de prisión, Christopher Scarver. Scarver declaró en 2015 que lo que le hizo matar a Dahmer fue tanto lo horrible de sus crímenes como el hecho de que, supuestamente, Jeffrey usaba trozos de comida para simular extremidades de cadáveres y fastidiar a otros presos. Según él, los guardias de prisión le permitieron hacerlo. ¿Os extraña? A mí no.

Aquí Sheila, reportando para todos vosotros las historias más increíbles, los fenómenos más extraños y las cosas que nadie quiere que sepáis.

Cambio y corto.